Se aman bajo las estrellas como si no hubiera mañana, porque −atención spoiler− no lo hay.
Él confiesa que siempre la ha amado. Ella le muerde el glande.
−Yo también, tonto −dice.
Él da un respingo; hay cosas más sensibles que un glande. Ella ríe.
−¿No lo sabías? −típico de los tíos.
Él maldice tantos años perdidos. Ella agradece el meteorito.
Sin colorines ni colorados el mundo acaba. Y  bien está lo que bien acaba, aunque termine con uno. Fin™.

 

Sobre los fundido a negro en technicolor

Anuncios

lapida1514

Imagen  —  Publicado: febrero 21, 2014 en a dos velas, currele, lápida, malafolla

Imagen  —  Publicado: diciembre 24, 2013 en amigos, ¿plagio?, lápida, malafolla

Imagen  —  Publicado: octubre 31, 2013 en ¿plagio?, lápida, malafolla

Las hadas no existen. Existieron, pero ya no. El DDT continúa existiendo.
El tipo duro apunta a la mujer fatal con un revólver. La mujer fatal no le mira a los ojos porque lo desmontaría.
—Aún así te alegras de verme —resistirse a un mohín como el de esos labios perfilados con tiralíneas no está a alcance de cualquiera.
La lengua le sabe a velcro cuando el tipo duro se cambia el mondadientes de carrillo.
—Llevo otra pistola —tercia.
Frente a la sonrisa cargada de rouge de quien sabe encajar un buen golpe no queda más que apostarlo todo al negro. Piedra papel tijera smith & wesson.
Touché —pese a la exquisita entonación con que la mujer fatal hace frente a los estampidos, que levantan bandadas de pájaros de árboles desamparados como  metáfora del alma,  logra que suene algo parecido a trucha.
sobre las duchas frías (en primera instancia)

guárdame el secreto

Anoche soñé contigo. Era de los textiles, tranquila. Sólo te veía los zapatos, taconazo burdeos, pero por el contexto ibas impecablemente vestida. La ley antitabaco no ha pasado de la vida real —todavía— así que me apuntabas con un pitillo en plena barra de bar y me pedías fuego lumbre candela. Me palpaba las hechuras como si me ardiera el alma gitana, aún sabiendo que yo nunca tuve un mechero de oro viejo con mis iniciales grabadas. Deberías dejarlo, te decía. Contestabas lo he dejado, pero los cigarrillos todavía le sientan bien a mi aspecto. No podía replicarte a eso, nadie puede. Por el bien del sueño daba con una cerilla entre la pelusa y los peniques de una noche que acaba. La encendía con la uña del pulgar (siempre he querido saber hacer eso, magia) y te prendía el pitillo. Aún así deberías dejarlo, reiteraba, mientras tu humo se me untaba al cuero y la resaca. Y si esto fuera un sueño de puta madre, tú me hubieras prometido: cuando dejes de soñar conmigo. Pero no recuerdo que decías; puede que despierta, es mi marido. O puede que nada.