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Las luciérnagas zigzaguean alrededor de los samuráis. La coreografía de sus aceros perturba apenas aquellas pinceladas de luz en mitad de la nada, como si ignoraran su presencia o la toleraran. Dos vidas en un instante, luego una; después nada. Las luciérnagas siguen prendidas a la noche cuando todo acaba.
Un 16 de agosto de hace cinco años (cinco años ya) comenzó todo. Aunque lo parezca no ha terminado. Todavía.

El niño de la katana de madera se planta frente al viejo samurai, serio como los funerales. El viejo samurai siente la mano en la empuñadura de la katana de su padre, frío destino aguarda a quieres no burlen su filo. El viento mece el trigo verde, cabellos de sirena a merced del océano de los naufragios. Niño y anciano se acometen sin asustar a los pájaros, sin levantar una brizna de hierva bajo el cielo azul. Un encuentro fugaz en la eternidad del mundo, un parpadeo, pero ningún latido. De espaldas el uno al otro aguardan quien dictamine si caer o vivir con ello. El viejo samurai envaina la katana invisible conque buscó sin piedad el corazón de aquel chiquillo. En los duelos no se finge; la derrota tiene demasiado de verdad. Recuperados los sentidos adivina el golpe de la katana de madera hacerse un hueco en sus costillas. De ser el día y su hora, el viejo samurai sería el primer espectro que cargaría aquel niño el resto de su vida. Un niño que juega a fingir su muerte (cómica, sobreactuada), que ríe como un manojo de cascabeles engullido por el trigo verde.

En la encrucijada de caminos, el viejo samurai encontró un espectro perdido, sentado en una piedra tan vieja como la propia pena. Sin levantar la mirada de sus pies descalzos, sin despegarse de la piedra a la que parecía unido por una fuerza invisible, el espectro le pidió si podía acompañarles en su viaje. El viejo samurai lo miró como miraba todas las cosas; la respuesta era innecesaria, invariable, mítica: existen reglas imposibles de saltar. La mansedumbre del espectro se hizo más densa, milenaria.
Comparando paciencias con aquella piedra que vio nacer el mundo seguía sentado el espectro perdido, cuando el último espectro del viejo samurai dobló el recodo del sendero, hacia el pasado de aquel hombre solitario que lo privó de amanecer junto a una hembra. El último espectro del viejo samurai aún podía sentir el latir apasionado de su corazón, el pálpito cálido de aquel cuerpo abandonado a merced del olvido y las alimañas; en la noche que a hurtadillas buscaba las montañas. Se sintió reconfortado a su pesar. Protegido entre iguales destinos inciertos. Aunque sin alcanzar el perdón, pues siempre es el perdón quién lo alcanza a uno.

Fotografía de Kurokawa Suizan

El viejo samurai contempla el lago con serenidad. A lo lejos, una barca y un muchacho parecen esculpidos en el tiempo y el espacio. El agua es un espejo, un lienzo. Al viejo samurai le hiere su propio reflejo, pero resiste la mirada fría de aquella estampa cruzada de heridas y cicatrices. El muchacho ha pescado una carpa, que se retuerce en sus manos hábiles. La coloca en el cesto sin entusiasmo y lanza al agua el sedal. Ondas imperceptibles lamen la orilla, desdibujando el perfil del viejo samurai, que emborrona su réplica hundiendo en el agua la katana. Hilos fantasmagóricos de sangre se contonean alrededor del acero pulido, disgregándose hasta desaparecer.  Como si no hubieran existido. El agua se aquieta despacio, pero no hay nada que reflejar más que la copa de los árboles y el cielo nublado; la barca y aquel muchacho. Los espectros de los muertos no se reflejan en el agua de los lagos.

Hoja afilada
canta bajo la lluvia
y alguien muere.
Kiram
(Kitano)

Mecidas por la brisa, las cañas de bambú asustan a los espectros. Desaparecido entre las rocas, el viejo samurai distingue el sendero en su memoria. Sus pasos guiados por el recuerdo son tragados por el fragor de las hojas verdes de los bambús, que se agitan sobre la comitiva como mantis religiosas. Los espectros caminan juntos, para darse calor, ofreciéndose cobijo. A lo lejos despunta un cementerio comido por el musgo y la neblina. Por primera vez en su larga existencia, el viejo samurai siente miedo. Por primera vez desde aquella vez primera en que su brazo segó la vida, el viejo samurai se siente terriblemente solo. Y en paz.

cabana

En la penumbra de una vela que agoniza, la chiquilla venda las heridas del viejo samurai. Es cuanto puede hacer por él ahora.
—Fuera muchos se preocupan por usted —susurra.
El viejo samurai guarda silencio. Aquel silencio que le dedicó cuando cayó a sus pies, despacio, sobre el barro. Sin alma apenas con que aguantar su mirada de ciega.
La muchacha baja los ojos azul cielo, el rubor en sus mejillas hace que deje de parecer un fantasma.
—Siempre he podido ver a los muertos —confiesa. Le besa la frente, que arde de fiebre.
La procesión de víctimas del viejo samurai aguarda muda bajo la lluvia. No tienen más lugar a dónde ir que hacia el final de ésta historia.
Suyo es el destino de los riachuelos y la soledad de las caracolas.

Las luciernagas zigzaguean encendidas alrededor de los samurais, que se miran sin verse. Sus movimientos apenas asustan  a aquellas pinceladas de luz en mitad de la nada, como si ignoraran su presencia o la toleraran. Es una lucha rápida. Dos vidas en un instante. Una que sigue y una que acaba. Un cuerpo cae en silencio, en la oscuridad, entre las luciérnagas. Nadie vio nada. Nadie oyó nada. Las luciérnagas siguen prendidas en la noche cuando todo acaba.

sobre hanako

Publicado: enero 10, 2009 en ella, inocencia, lápida, microcuentos, sangre, viejo samurai

El joven samurai envainó la catana despacio. El sonido le recorrió la espalda como un reproche.
-No eres capaz de matarme, después de todo -dijo la muchacha. La sonrisa fría.
El joven samurai la miró a los ojos por última vez. La muchacha rió.
-¿No vas a decir adiós?
El joven samurai no dijo nada. No volvería a pronunciar palabra hasta muchos años después, cuando en la vejez le pudo el acero y la muerte. El nombre de aquella muchacha fue lo último que de sus labios oirían los vivos, pero ésa es otra historia.
Aquel invierno el joven samurai se dio la vuelta hostigado por un viento gélido, para no ver como ella caía sobre la nieve.

sobre las flores del loto

El viejo samurai contempló el reflejo de sus ojos en el perfil de la Katana. Tras ellos aguardaban sus muertos. El viejo samurai los había olvidado a todos y cada uno, excepto el primero. Tenía los mismos ojos color acero que ahora le devolvían la mirada.

sobre el silencio (licencias poéticas al margen)

sobre la sombra de los cerezos en flor

El viejo samurai envainó la katana, como acariciándola. Malherido, continuó su camino sin Señor seguido por los espíritus de sus muertos. <<Ha sido impresionante>> dijo el primero de la fila -un niño apenas- contemplando su propio cuerpo mutilado sobre la hierva.
El viejo samurai no dijo nada.