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Un 16 de agosto de hace cinco años (cinco años ya) comenzó todo. Aunque lo parezca no ha terminado. Todavía.
—Pero yo le quiero…
—No confundas el amor con el síndrome de Diógenes, cariño.
El microcuentista al que no le gusta hablar de sí mismo inventa personajes que protagonicen todo aquello que por pudor se priva de airear, como cuando aquel poeta maldito de metro noventa les robó el fuego a los dioses y tal.
La nave espacial Megápolis surca galaxias sin dirección, pero con la tozudez de una mula preñada. En la cubierta AK-47 el último ser humano y el robot de mantenimiento juegan a póquer. Texas hold’em. Cinco cartas comunes, dos de mano. Sin límite en las apuestas. La última carta sobre la mesa: el ocho de picas. El flob no fue para llorar y el turn le daba opciones, pero el river acababa de llevarse el proyecto de escalera del último ser humano a tomar por dónde se rompen los sacos, aunque nada de ello  se refleje en un sólo músculo de su rostro. El último de su especie lleva el póquer en la sangre. Perro viejo arrastra el resto de sus fichas hacia delante. Es hora de marcarse el farol padre.
All in —topadentro.
El robot de mantenimiento calcula tantos por ciento a la velocidad de la luz. Sencillas operaciones matemáticas al alcance de un niño de pecho le llevan a proclamar con un tono de voz que nadie se atrevería a asegurar carente de emoción:
—Voy —pues vale.
El último ser humano se levanta de silla volcándola contra la pared, no necesita verle las cartas a ese montón de chatarra. Lleva viéndoselas reflejadas en el acero cromado de la pantalla de cine que  tiene por frente desde la primera mano, maldita sea. Con media docena de movimientos que se pretenden dignos, el último ser humano se despoja de los calzoncillos y los apila con el resto de su ropa, sobre la mesa.
—Contigo no se puede jugar… —maldice.  Tal y como su madre lo trajo al mundo hace trescientos ochenta y cuatro mil años abandona la cubierta AK-47, fuera de sí—. No tienes ni puta idea.

sobre la inmmmmmmensidad y la mecánica del sistema endocrino
sobre la inmmmmmmensidad y alejandría
sobre la inmmmmmmensidad y las pequeñas cosas
sobre la inmmmmmmensidad y el desaliento
sobre la inmmmmmmensidad y réquiem
sobre la inmmmmmmensidad

Cuando ella abre las piernas, una fanega de arañas huyen despavoridas de sus enaguas de satén para esconderse bajo la cama. Cuando él se rasga el underwear de seda, una bandada de murciélagos se precipita con estrépito de sus ingles por la ventana.
—No sabes cuánto llevo esperando este momento, cariño… —dice él, casto y puro, a treinta segundos exactos que el momento acabe.
Ella se revuelve bajo su peso, no del todo segura de sentirle dentro.
—Y yo, corazón… —dice. Ni te imaginas la tarde que llevo cogiendo bichos, omite.

lápida LXII

Publicado: mayo 16, 2011 en lápida, teatro

Ella. —Dime que me quieres —siempre son ellas.
Él. —Te quiero
Ella protesta.  —¡No, pero con voz de Bob Esponja!