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Imagina las tres primeras cosas que harías si fueras invisible.

El caballero tira  con todas sus fuerzas. La espada sigue clavada en la roca. Nace la república.
Siempre supo que amaría. Y que tras un corto periodo de plenitud, de felicidad absoluta, iba a morir. Por eso escapaba cada vez que sentía algo más que curiosidad o deseo por alguien. Hasta que la (le, lo, las, les; se trata de en una historia universal) conoció. No tuvo tiempo de huir, ni se lo plateó siquiera. Fueron un puñado de días que valieron por toda una vida de mierda, por la que muchos-as se dejarían matar.
La frustración de nuestro protagonista por dormirse antes de que acabara la película, fue pareja a la de despertarse sin saber cómo terminaba el sueño. Koniec.
Las musas me llaman. Una de ellas. Me suelta: tengo un micro, apunta. Palpo la mesilla por soleares hasta dar con las gafas. Enfoco el despertador. Va de una muchacha de pelo rojo que le propone un trato a la muerte que no puede rechazar, me ametralla la musa. Paraparapara, me digo.
—¿Pero tú sabes la hora que es? —son las tres y media de la madrugada.
Me reprende a voces. Acaso estaba durmiendo, pregunta. Mi mutis vale por un millar de microcuentos. Está fuera de sí. Debería de estar borracho a estas horas, exclama. Fumando un cigarrillo tras otro frente a la máquina de escribir. Al borde del abismo. Apestando a sudor y desesperación. Husmeo bajo las sábanas, mmm, el nuevo suavizante huele a campiña inglesa destilada. Me espeta que el arte es compromiso. Implicación. Trabajo. Trabajo. Trabajo. Lágrimas. Cabeceando corners alcanzo a oír que el arte no cae del cielo, el arte hay que ganárselo, 24 horas al día, cada minuto, irresponsable, gilipollas.  Yo no hago tratos con fracasados, me escupe a cara a través del auricular. Hemos terminado. Cuelga. Apago el móvil, lo dejo sobre la mesilla, junto a las gafas, y me abandono a un sueño profundo y sin sueños. Dónde estaban su  implicación y su compromiso estas últimas semanas, pregunto. Qué le fuera a otro con ese cuento. Tiempo tendré de arrepentirme por la mañana. Festivos a mediodía.
Cuando el marido de la protagonista despierta, se topa de frente con el desayuno y la muerte. Huevo cocido, tostadas con mermelada, zumo de naranja recién exprimido, café con leche, jarrón con flor, el periódico y la muerte hasta dónde el techo alcanza.
El marido de la protagonista se siente abrumado cuando la parca le tiende la bandeja con las viandas. De natural pragmático pretende atarse la servilleta al cuello.
—Qué detalle.
Pero la muerte aferra nueve falanges insobornables a la bandeja, la décima falange inconmovible señala el bulto junto al marido de la protagonista. Una mata de pelo rojo cubre el rostro de la joven, que duerme como si no fuera a despertar.
—Creerá que es cosa tuya —dice la muerte, tan vieja y sentimental.
Mi madre me apuntó a gimnasia rítmica. Yo quería ser astronauta.
SAND
(28 Cosas Sobre Mí)