Archivos de la categoría ‘sangre’

lapida1514

—Mi vida sexual da  para tres novelas.
—Si las llenas de paja claro.
Dentro de un contenedor de basura muere un niño. Con la muerte no se juega, imagina ganarle al escondite. Dónde están mamá y papá, pregunta la muerte, pero el niño es demasiado pequeño para decir que no lo sabe. De ser mayor le podrían los huesos rotos y las quemaduras de cigarro. La muerte lo envuelve en su mortaja, pesa como a un pajarito. Vamos a buscarlos, le dice, cuenta hasta cien.
 
En el filo de la luz de una farola un tipo fuma, despacio, como si intuyera que iba a ser su último pitillo; tiempo de descuento, una prórroga. Lo es, pero el tipo no tiene forma de saberlo todavía. Tras la última calada como una caricia, un beso de Judas, el tipo se vence hacia la luz y precipita al suelo; nueve coma ocho metros por segundo para aterrizar a la vez que la colilla. El humo del cigarrillo araña el aire al escapar, junto a su vida, por la brecha carmesí que le abre en la garganta una sonrisa. A la altura de los ojos, abiertos sin comprender, la suela de un zapato de tacón rojo aplasta la colilla contra la acera. Sin regodearse. Hay quienes creen que todo el mundo tiene derecho a un momento de paz consigo mismo y con el mundo antes de morir, incluso aquellos que no se lo merecen. Hay gente capaz de creerse cualquier cosa. Como que más tarde un pie descalzo hasta lo metafísico, veintiséis huesos unidos por la voluntad de existir al filo de la luz de una farola, ahogarán los últimos rescoldos de aquella colilla que, consumiéndose, agonizará sobre la acera todavía. Todavía.

Mamá osa y papá oso miran a ricitos de oro dormir en la cama —ni muy dura ni muy blanda— del nene oso, que llora todavía porque ya se quedó sin sopa —ni muy caliente ni muy fría— y sin silla por barata. Papá oso y el osito parecen poco a poco enternecidos por los rizos dorados de la chiquilla, pero mamá osa no permitirá que la dejen marchar de rositas, oh no… El cuento acabará como acababan los cuentos antes: eviscerada es poco; si la moraleja no sangra no enseña.  Porque mamá osa sabe algo que su esposo e hijo, conmovidos por la nube dorada que envuelve como un hechizo el rostro angelical de la muchacha y cuyo reflejo ilumina la estancia, ignoran. Algo que les hará recordar la recién violada intimidad de su propia casa. Durante el inventario de los daños mamá osa encontró un pelo en su —ni muy grande ni muy pequeño ni muy duro ni muy blando— consolador (qué esperaban de una pareja que duerme en camas separadas). Un pelo recio como el alambre y negro como el revés de un corazón. Ricitos de oro era una hippie teñida farsa.
Un 16 de agosto de hace cinco años (cinco años ya) comenzó todo. Aunque lo parezca no ha terminado. Todavía.
El microcuentista amaestrador de nubes se suicida. Se cuelga de una viga, le da al gas, se abre las venas, come pastillas; para ser microcuentista amaestrador de nubes no tenía demasiada imaginación. Total que llega la muerte y lo descuelga, cierra el gas, le da una vuelta de precinto a las muñecas, le tiende la sal de frutas; para ser la muerte no vale cualquiera. Mientras lo ayuda a lavarse un poco (los suicidios son un asunto sucio, amigos) el microcuentista amaestrador de nubes le pregunta si cree que le importará a alguien. No se equivoquen, el tipo está muerto. La muerte se lo queda mirando con esos ojos como dos sopapos. Francamente, si la tuviera le sudaría la polla.

Follecer v. intr. Morir una persona practicando sexo. Se conjuga como agradecer.


La inspiración se sienta a mi lado. Trae una botella, dos vasos. Sirve un par de dobles. Me señala una muchacha al fondo del bar ¿ves a esa chica?, juega con la aceituna del Martini que no ha tocado. Bonita y sola, no miro otra cosa desde que ha entrado. Doy un trago. La inspiración me llena el vaso, escucho sus palabras antes que se decida a pronunciarlas: te diré como vas a matarla.
Un tipo entra en un bar y comienza a disparar indiscrim
—Pero yo le quiero…
—No confundas el amor con el síndrome de Diógenes, cariño.
Caminante no hay camino sino tropezar.
el profeta sexi
(parábola del betadine)

lápida LXXX

Publicado: febrero 13, 2012 en lápida, malafolla, más allá de orión, sangre