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En el país de los ciegos el tuerto es el rey, pero si los ciegos votaran en referéndum por la república el tuerto sería sólo un tuerto; hasta un ciego vería eso.
 Finjo mis sarcasmos.
En el principio Dios dijo: “Hágase la luz”. Y al Verbo (que ya estaba ahí) se le cruzaron los cables: “Enciéndela tú, gilipollas”.
El tipo deja los condones sobre el mostrador. 6 unidades. Arándanos con frambuesa. Al pasar la caja por el lector, la cajera no puede evitar advertir que se trata de una xs. Piensa que incluso el japonés herido de guerra que conoció hace dos veranos en un tablao flamenco podría hacerse un torniquete con eso y se le intuye una sonrisa. El tipo es un tipo empático así que sonríe también. Cuando Dios cierra una puerta abre una ventana, resistir a la tentación de arrojarse por ella es cosa del libre albedrío. No es ningún milagro lamerse con la lengua la punta de la nariz, pero el tipo de los condones para niños de siete años le demuestra a la cajera que, aunque más raramente, puede uno peinarse las cejas.
—Mi vida sexual da  para tres novelas.
—Si las llenas de paja claro.
—Sabes la frase que sale en la base de los condones?
—Qué frase?
—Ah, que tú no necesitas desenrollarlos del todo…
 
En el filo de la luz de una farola un tipo fuma, despacio, como si intuyera que iba a ser su último pitillo; tiempo de descuento, una prórroga. Lo es, pero el tipo no tiene forma de saberlo todavía. Tras la última calada como una caricia, un beso de Judas, el tipo se vence hacia la luz y precipita al suelo; nueve coma ocho metros por segundo para aterrizar a la vez que la colilla. El humo del cigarrillo araña el aire al escapar, junto a su vida, por la brecha carmesí que le abre en la garganta una sonrisa. A la altura de los ojos, abiertos sin comprender, la suela de un zapato de tacón rojo aplasta la colilla contra la acera. Sin regodearse. Hay quienes creen que todo el mundo tiene derecho a un momento de paz consigo mismo y con el mundo antes de morir, incluso aquellos que no se lo merecen. Hay gente capaz de creerse cualquier cosa. Como que más tarde un pie descalzo hasta lo metafísico, veintiséis huesos unidos por la voluntad de existir al filo de la luz de una farola, ahogarán los últimos rescoldos de aquella colilla que, consumiéndose, agonizará sobre la acera todavía. Todavía.