Archivos de la categoría ‘reemisión’

Las luciérnagas zigzaguean alrededor de los samuráis. La coreografía de sus aceros perturba apenas aquellas pinceladas de luz en mitad de la nada, como si ignoraran su presencia o la toleraran. Dos vidas en un instante, luego una; después nada. Las luciérnagas siguen prendidas a la noche cuando todo acaba.
Un 16 de agosto de hace cinco años (cinco años ya) comenzó todo. Aunque lo parezca no ha terminado. Todavía.
Los viernes -en la nave espacial megapolis, que vaga al albur de corrientes siderales y caprichos gravitatorios de un narrador omniscente en la permanente noche del universo- toca karaoke. Aunque lo pudiera parecer -el último hombre vivo acomete con la torpeza entrañable de no acertar ni una nota la canción Space Oddity de David Bowie– el de hoy no es un viernes cualquiera; nunca antes el último de su especie había logrado destilar porexpán. El resultado es algo parecido a dispararse con una pistola de señales en la boca. Si un par de gotas bastan para hacer saltar las tuercas una cámara estanca, qué no harán para ablandar un corazón. Para acorralar un alma. La tasa de alcohol en sangre incompatible con la vida del último ser humano le hace gustarse, seguir a cappella cuando la canción termina. La ha cantado tantas veces, tantos viernes que ni fu ni fa, que no necesita seguir la pelotita que bota sobre la letra. Tantas veces pero ninguna como ésa le había llegado Bowie tan adentro. Las poco discretas connotaciones homoeróticas le hacen sonreír un poco, después de todo aún se acuerda, ojalá no olvide eso.
El último hombre vivo no está borracho, porque uno no se emborracha con porexpán destilado, trasciende. Si no explota. Es en plan trascendental como la unidad robótica de mantenimiento -que acaba de interpretar  Sad Robot de Pornophonique con una precisión quirúrgica, matemática, no exenta de sentimiento, de duende- observa cómo lo apunta con una botella de esa mierda que le impide aplaudir sin darse de bofetadas.
—Tío —balbucea el último hombre, mientras su organismo trata de sobreponerse al porexpán y al nudo en la garganta que le oprime el pecho—. Si me quedaran lágrimas lloraría.
Podrían ser sus últimas palabras. Digno epitafio para el final de una estirpe, con sus más y con sus menos, siendo generoso como siempre con los muertos. Unas últimas palabras que no hubieran estado mal, dadas las circunstancias, pero aferrado al micrófono de reproches que es esa botella, al todavía último ser humano le sobran redaños y fuelle para añadir:
—Ahora la Macarena!
LA PETITE MORT

Cuando la mujer llega al orgasmo, un ángel consigue sus alas.

24/07/2008

"ghost fart" photo by banjo d

El Doctor Jeckyll se tiró un pedete. Le echó la culpa a Hyde.
SOBRE COSAS QUE PASABAN EL 10 DE NOVIEMBRE DE 2008 (AHORA QUE HACE BUEN TIEMPO DEBERÍAN PASAR CON MÁS RAZÓN)
Daba cuenta del aperitivo en una terraza cuando la vi sentarse en la mesa de al lado (sentarse en una silla, se entiende), bajo el parasol de propaganda. Era bonita, la chica me refiero; las sillas no estaban mal. He visto demasiadas películas como para que el camarero no se acercara con el agua helada que la joven (de ahí lo de chica) había pedido, y una bolsa de ganchitos que la hizo dudar adorablemente.
—De parte del señor —dijo el camarero, señalándome.
Ella me dedicó una sonrisa que adiviné triste, pero qué sonrisa no lo es hoy en día, maldita sea.
—Soy celíaca —dijo.
Acerqué la cerveza y la libreta de las historias a su mesa, bajo el parasol de propaganda. Mano tendida, la sonrisa franca.
—Yo Vittt, encantado.