Archivos de la categoría ‘microcuentos’

El microcuentista se propone escribir un microcuento de Pinocho sin referencia sexual. Es hombre de retos, aunque cuerpo de campeón de dardos tiene alma de tri-atleta. Total que Pinocho no se pone palote ni nada y el micro no hay por dónde cogerlo. Pero lo que cuenta es la intención; menuda falacia, y van unas cuantas.

sobre hoy

Publicado: septiembre 11, 2014 en a dos velas, blanco y negro, microcuentos, winter is coming
mano_monedasCéntimo a centimico a la anciana no le llega para la barra de cuarto. El joven que lleva un paquete de arroz y fiambre de pavo de oferta le tiende a la cajera unas monedas, cobra todo, dice. A la anciana no le da el ánimo para darle las gracias, agarrada a la barra de pan como un náufrago a un madero. No se deje la bolsa, dice el chico, un paquete de arroz y fiambre de pavo de oferta. Siente no haber podido permitirse unas galletas.

Autor Pedro Porras. Vía flickr.

El cielo está enladrillado. ¿Quién lo desenladrillará? El desenladrillador que lo desenladrille, buen desenladrillador será”.
Ya de pequeños se nos enseña a no fijarnos en quienes lo enladrillan todo.

Se aman bajo las estrellas como si no hubiera mañana, porque −atención spoiler− no lo hay.
Él confiesa que siempre la ha amado. Ella le muerde el glande.
−Yo también, tonto −dice.
Él da un respingo; hay cosas más sensibles que un glande. Ella ríe.
−¿No lo sabías? −típico de los tíos.
Él maldice tantos años perdidos. Ella agradece el meteorito.
Sin colorines ni colorados el mundo acaba. Y  bien está lo que bien acaba, aunque termine con uno. Fin™.

 

Sobre los fundido a negro en technicolor

Las hadas no existen. Existieron, pero ya no. El DDT continúa existiendo.

guárdame el secreto

Anoche soñé contigo. Era de los textiles, tranquila. Sólo te veía los zapatos, taconazo burdeos, pero por el contexto ibas impecablemente vestida. La ley antitabaco no ha pasado de la vida real —todavía— así que me apuntabas con un pitillo en plena barra de bar y me pedías fuego lumbre candela. Me palpaba las hechuras como si me ardiera el alma gitana, aún sabiendo que yo nunca tuve un mechero de oro viejo con mis iniciales grabadas. Deberías dejarlo, te decía. Contestabas lo he dejado, pero los cigarrillos todavía le sientan bien a mi aspecto. No podía replicarte a eso, nadie puede. Por el bien del sueño daba con una cerilla entre la pelusa y los peniques de una noche que acaba. La encendía con la uña del pulgar (siempre he querido saber hacer eso, magia) y te prendía el pitillo. Aún así deberías dejarlo, reiteraba, mientras tu humo se me untaba al cuero y la resaca. Y si esto fuera un sueño de puta madre, tú me hubieras prometido: cuando dejes de soñar conmigo. Pero no recuerdo que decías; puede que despierta, es mi marido. O puede que nada.
Cómo será de microcuentista el microcuentista de metro noventa y seis, que dice que mide metro noventa para abreviar y todavía se queda corto.

Sobre los apuntes de un día de mierda (y subiendo)

En el principio Dios dijo: “Hágase la luz”. Y al Verbo (que ya estaba ahí) se le cruzaron los cables: “Enciéndela tú, gilipollas”.

jurel

De resultas de un polvo sin protección, el coreógrafo de bancos de jureles (trachurus trachurus) contrajo una venérea; el amor.
Hija de de la gran p pese a su florido vocabulario, Santa Claus no pierde un gramo de su aspecto afable y bonachón; de refresco para toda la familia. Cada año hacen las chimeneas más estrechas, c con las manos en las rodillas recupera el resuello y la dignidad, observando con cierta aprensión el árbol de navidad que le acecha el flanco izquierdo. Un esqueleto de ramas peladas lleno de hipocampos blanqueados por el sol y caracolas pulidas por la marea, salpimentado  por anillas de latas de refresco que titilan a la luz de las velas que iluminan el pesebre a su derecha; nunca se acostumbrará al belén oh oh no. Pese a la falta de vida y espumillón el árbol no da escalofríos, los adornos están colocados  con un gusto hipnótico, casi relajante. No es bonito pero no mojas la cama. Santa Claus deja el regalo a los pies de esa cosa y, sin necesidad de palpar demasiado —son ya muchos años—, coge de la repisa de la chimenea un bastoncillo de zanahoria cruda y el vaso de leche de soja. Mordisquea la zanahoria y sorbe la leche porque es un profesional, pero ni el doble papel de regalo negro ni el enorme lazo plata perfumado de Barón Dandy disimulan el olor a panceta polvorones frutos secos ron añejo salchichón que le hace temblar las orejas. Un maridaje tentador oh oh sí. Pero ese viejo perchero fúnebre que es la muerte parece que no puede con su alma, la guadaña y la parca. Está en los huesos, tiene que comer, j jamón.
sobre esta noche y las noches como ésta que la precedieron (versión parca)
Como escenario una cala desierta, de ensueño, de ésas que piden un polvo a gritos, o un naufragio. Protagonista la muerte, en bermudas de surfero y sombrero de paja de propaganda (pongamos cerveza), que recoge hipocampos blanqueados por el sol y caracolas pulidas por la marea. Las olas vienen y van, lamiéndole los calcañares mientras esquiva camarones suicidas a la orilla del mar. Un mar manso y desamparado, que no engaña a nadie. La muerte lleva tiempo pensando en comprarse un detector de metales, para desenterrar monedas de a centavo, anillas de latas de guaraná, quincalla sin más valor que el rato de no pensar, que no se paga con nada. Le relaja recoger cosas sin alma, en calas de ensueño que piden un polvo a voces, esquivando carídeos ciclotímicos a la orilla de un mar desvalido  y cabrón. Es su pequeño remanso de paz, mientras la orilla se llena de cuerpos. Y de gaviotas.
El tipo deja los condones sobre el mostrador. 6 unidades. Arándanos con frambuesa. Al pasar la caja por el lector, la cajera no puede evitar advertir que se trata de una xs. Piensa que incluso el japonés herido de guerra que conoció hace dos veranos en un tablao flamenco podría hacerse un torniquete con eso y se le intuye una sonrisa. El tipo es un tipo empático así que sonríe también. Cuando Dios cierra una puerta abre una ventana, resistir a la tentación de arrojarse por ella es cosa del libre albedrío. No es ningún milagro lamerse con la lengua la punta de la nariz, pero el tipo de los condones para niños de siete años le demuestra a la cajera que, aunque más raramente, puede uno peinarse las cejas.
todo parecido con la realidad es
maestro yoda
(piensa en verde)
En el insustancial devenir del microcuentista pasan algunas cosas, pero supongo que no están aquí para que les cuente su vida, un cuento tiene un pase pero. Es justo, rebobinemos: en la vida del calentador de retretes de su majestad hay un hola, un hasta luego (porque el micrcalentador de retretes de su majestad nunca dice adiós) y palabras, palabras, muchas palabras. Sentado en el trono que nos iguala, atemperando con sus nalgas la temperatura de la loza para el distinguido derrière de su majestad, el mcalentador de retretes no puede más que desearles buen viaje. Tanto si vienen y como si se marchan; personas y palabras. Buen viaje y buena suerte. Algunos dirán que esto ni es un microcuento ni es nada. Tienen razón, es justo eso. Pero como concesión a su público, en agradecimiento a su paciencia, el microcuentista se guarda un final feliz en la manga. Su majestad no podrá hacer caca. El rey del microcuento terminará frustrado y con el culo helado, como todo hijo de vecino amén.
Las luciérnagas zigzaguean alrededor de los samuráis. La coreografía de sus aceros perturba apenas aquellas pinceladas de luz en mitad de la nada, como si ignoraran su presencia o la toleraran. Dos vidas en un instante, luego una; después nada. Las luciérnagas siguen prendidas a la noche cuando todo acaba.