Archivos de la categoría ‘más allá de orión’


Se aman bajo las estrellas como si no hubiera mañana, porque −atención spoiler− no lo hay.
Él confiesa que siempre la ha amado. Ella le muerde el glande.
−Yo también, tonto −dice.
Él da un respingo; hay cosas más sensibles que un glande. Ella ríe.
−¿No lo sabías? −típico de los tíos.
Él maldice tantos años perdidos. Ella agradece el meteorito.
Sin colorines ni colorados el mundo acaba. Y  bien está lo que bien acaba, aunque termine con uno. Fin™.

 

Sobre los fundido a negro en technicolor

En el principio Dios dijo: “Hágase la luz”. Y al Verbo (que ya estaba ahí) se le cruzaron los cables: “Enciéndela tú, gilipollas”.
todo parecido con la realidad es
maestro yoda
(piensa en verde)
En el insustancial devenir del microcuentista pasan algunas cosas, pero supongo que no están aquí para que les cuente su vida, un cuento tiene un pase pero. Es justo, rebobinemos: en la vida del calentador de retretes de su majestad hay un hola, un hasta luego (porque el micrcalentador de retretes de su majestad nunca dice adiós) y palabras, palabras, muchas palabras. Sentado en el trono que nos iguala, atemperando con sus nalgas la temperatura de la loza para el distinguido derrière de su majestad, el mcalentador de retretes no puede más que desearles buen viaje. Tanto si vienen y como si se marchan; personas y palabras. Buen viaje y buena suerte. Algunos dirán que esto ni es un microcuento ni es nada. Tienen razón, es justo eso. Pero como concesión a su público, en agradecimiento a su paciencia, el microcuentista se guarda un final feliz en la manga. Su majestad no podrá hacer caca. El rey del microcuento terminará frustrado y con el culo helado, como todo hijo de vecino amén.
Comprobado: se puede sudar de frío y temblar de calor.
Un 16 de agosto de hace cinco años (cinco años ya) comenzó todo. Aunque lo parezca no ha terminado. Todavía.
Los viernes -en la nave espacial megapolis, que vaga al albur de corrientes siderales y caprichos gravitatorios de un narrador omniscente en la permanente noche del universo- toca karaoke. Aunque lo pudiera parecer -el último hombre vivo acomete con la torpeza entrañable de no acertar ni una nota la canción Space Oddity de David Bowie– el de hoy no es un viernes cualquiera; nunca antes el último de su especie había logrado destilar porexpán. El resultado es algo parecido a dispararse con una pistola de señales en la boca. Si un par de gotas bastan para hacer saltar las tuercas una cámara estanca, qué no harán para ablandar un corazón. Para acorralar un alma. La tasa de alcohol en sangre incompatible con la vida del último ser humano le hace gustarse, seguir a cappella cuando la canción termina. La ha cantado tantas veces, tantos viernes que ni fu ni fa, que no necesita seguir la pelotita que bota sobre la letra. Tantas veces pero ninguna como ésa le había llegado Bowie tan adentro. Las poco discretas connotaciones homoeróticas le hacen sonreír un poco, después de todo aún se acuerda, ojalá no olvide eso.
El último hombre vivo no está borracho, porque uno no se emborracha con porexpán destilado, trasciende. Si no explota. Es en plan trascendental como la unidad robótica de mantenimiento -que acaba de interpretar  Sad Robot de Pornophonique con una precisión quirúrgica, matemática, no exenta de sentimiento, de duende- observa cómo lo apunta con una botella de esa mierda que le impide aplaudir sin darse de bofetadas.
—Tío —balbucea el último hombre, mientras su organismo trata de sobreponerse al porexpán y al nudo en la garganta que le oprime el pecho—. Si me quedaran lágrimas lloraría.
Podrían ser sus últimas palabras. Digno epitafio para el final de una estirpe, con sus más y con sus menos, siendo generoso como siempre con los muertos. Unas últimas palabras que no hubieran estado mal, dadas las circunstancias, pero aferrado al micrófono de reproches que es esa botella, al todavía último ser humano le sobran redaños y fuelle para añadir:
—Ahora la Macarena!
LA PETITE MORT

Cuando la mujer llega al orgasmo, un ángel consigue sus alas.

24/07/2008

El último hombre vivo ha logrado destilar porexpán. El resultado es algo parecido a dispararse en la boca con un rifle. Un par de gotas bastan para saltarle la pintura al microondas, con un trago alcanza para ablandar el corazón. Desempolvar el alma. El último hombre vivo no está borracho, porque uno no se emborracha con porexpán destilado, trasciende. Es en plan trascendental como la unidad robótica de mantenimiento se lo encuentra acurrucado en el cuarto de las escobas, apuntando con una botella de esa mierda hacia la oscura inmensidad del universo que engulle a la nave espacial Megápolis, tanto allá fuera como dentro.
—No recuerdo su cara —se reprocha. Pronto no recordará su nombre. Anna. Ann. A. El último ser humano bebe despacio para castigarse y porque no puede hacerlo más deprisa sin que salte la alarma anti-incendios. Su nivel de porexpán en sangre ha entrado conflicto con la vida, falta poquísimo para que sean esas sus últimas palabras; que no está mal como epitafio pero -contra todo pronóstico- logra mejorarlas—: Era bonita, eso no se olvida—. El robot de mantenimiento lleva rato en bucle, repitiendo  que lo deje ahí…  para sus adentros, como un mantra a velocidad positrónica. Las lágrimas del último ser humano presagian que no se va a callar mientras le alcance la consciencia y la rabia, que le alcanzan lo justo para en un vano intento por abarcar todo su mundo perdido sentenciar—: Tenía un culo como dos sandías.

lápida LXXX

Publicado: febrero 13, 2012 en lápida, malafolla, más allá de orión, sangre

La ginecóloga aplica el gel sobre la zona abdominal de la paciente, frío en contraste con la temperatura del cuero. En abisales profundidades amnióticas que muestra un monitor monocromo sondea latidos de vida.
—¿Qué os gustaría, niño o niña?
La futura mamá pierde de vista el monitor para dedicarle a su pareja una mirada llena de cosas buenas. Todo el mundo merece una mirada así en la vida, una por lo menos.
—Nos da igual, ¿verdad cariño?
El futuro padre estrecha su mano con ternura de primerizo, la misma conque desea en silencio: que sea ninja, que sea ninja.
¿Cómo saben los ciegos que han terminado de limpiarse el culo?

treinta y cinco lápidas más allá…
La nave espacial Megápolis surca galaxias sin dirección, pero con la tozudez de una mula preñada. En la cubierta AK-47 el último ser humano y el robot de mantenimiento juegan a póquer. Texas hold’em. Cinco cartas comunes, dos de mano. Sin límite en las apuestas. La última carta sobre la mesa: el ocho de picas. El flob no fue para llorar y el turn le daba opciones, pero el river acababa de llevarse el proyecto de escalera del último ser humano a tomar por dónde se rompen los sacos, aunque nada de ello  se refleje en un sólo músculo de su rostro. El último de su especie lleva el póquer en la sangre. Perro viejo arrastra el resto de sus fichas hacia delante. Es hora de marcarse el farol padre.
All in —topadentro.
El robot de mantenimiento calcula tantos por ciento a la velocidad de la luz. Sencillas operaciones matemáticas al alcance de un niño de pecho le llevan a proclamar con un tono de voz que nadie se atrevería a asegurar carente de emoción:
—Voy —pues vale.
El último ser humano se levanta de silla volcándola contra la pared, no necesita verle las cartas a ese montón de chatarra. Lleva viéndoselas reflejadas en el acero cromado de la pantalla de cine que  tiene por frente desde la primera mano, maldita sea. Con media docena de movimientos que se pretenden dignos, el último ser humano se despoja de los calzoncillos y los apila con el resto de su ropa, sobre la mesa.
—Contigo no se puede jugar… —maldice.  Tal y como su madre lo trajo al mundo hace trescientos ochenta y cuatro mil años abandona la cubierta AK-47, fuera de sí—. No tienes ni puta idea.

sobre la inmmmmmmensidad y la mecánica del sistema endocrino
sobre la inmmmmmmensidad y alejandría
sobre la inmmmmmmensidad y las pequeñas cosas
sobre la inmmmmmmensidad y el desaliento
sobre la inmmmmmmensidad y réquiem
sobre la inmmmmmmensidad