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exterior/noche. una ciudad

El tipo saca un cigarrillo para soportar el frío. Una llama surge de la nada, unida a los dedos largos de una rubia platino bajo un paraguas. Notas cítricas, madera, azahar, fósforo, frutos secos. El tipo da una calada hasta donde alcanzan los sueños. Se toca el ala del sombrero para darle las gracias.
La mujer sopla la llama —labios rojísimos, lunar dibujado—, clavándole ésos ojos color absenta que son como dos disparos.
Bajo la marquesina del cine abandonado el tipo fuma y se moja. Nadie podría haber predicho esa tormenta. El tipo mira calle abajo, todavía no sabe que se le ha mojado el cigarrillo.
Perfilada por un relámpago mudo dice la rubia platino:
—No se preocupe, vengo por el otro tipo.
El tipo que se moja bajo la marquesina del cine abandonado siente el peso del revolver en su bolsillo. Nunca ha usado un arma. No esperaba usarla cuando se la metió en el bolsillo. No es de esa clase de tipos.
—Debe ser mi día de suerte —murmura. Hace tanto frío.
Ella le dedica una sonrisa acogedora pero triste.
—Sabes que no —dice, alejándose calle abajo despacio. Encaramada a unos zapatos de tacón de vértigo bajo el paraguas, negro.

Otro fugaz encuentro en blanco y negro

—¿Cómo querrá el filete, Señor?
El robot de mantenimiento luce un mandil con la serigrafía de un torso hercúleo, lleno de quemaduras y lamparones. El último de su especie está viendo una película en blanco y negro, en un pantallón para 1000 personas. Sin 5D, ni sensorama, roleplaying ni nada. Con dos cojones.
—Carbonizado —dice, se lleva un puñado de palomitas sintéticas a la boca que no saben a nada—. No hay quién se trague el plástico crudo —murmura.
El robot de mantenimiento agacha la cabeza para no topar con el quicio de la puerta de la cocina. No sonrían, el gorro de cocinero luce una cómica depresión pos-coito que le dificulta la visión. El quicio le queda a kilómetros.
La pareja en blanco y negro se besa apasionadamente en el pantallón. Él pone toda la pasión, ella se deja hacer lánguida y apasionadamente. Cosas así sólo eran posible entonces.
El último de su especie frunce los labios sin darse cuenta. Un beso al aire. Algo de lengua. Lánguida solamente.
Mientras en la cocina, pertrechado tras una tapadera y esgrimiendo la espumadera como si se tratara de Excalivur, el robot de mantenimiento libra desigual batalla con un filete que bien pudiera haberse alimentado de jóvenes doncellas. Aunque no.

—Perro viejo no aprende trucos nuevos…
—Eso tú que tienes una mierda de perro.

Fotografía de Herman Leonard. Un descubrimiento.

Ella enciende un pitillo, está temblando. Él apaga el suyo sin conseguirlo. Ella tiene un ojo morado, él la nariz hecha pedazos. Acodados en la barra beben bourbon en vasos chatos y pesados. Acaban de conocerse en éste mundo cruel pero no van a olvidarse el uno al otro tan fácilmente. El barman les llena los vasos, sin preguntar. Tres silencios se funden con las notas de un saxo tenor, notas tristes como un ataúd pequeño y blanco. Él muerde una palabra sin atreverse a mirarla: bastardo. Ella ahoga una maldición sin fuerzas para mirarle: zorra. La corbata torcida, el carmín corrido, aquel dichoso saxofón. No se trata de un final feliz, ni de un final. Es sólo que los destinos tristes se cruzan con la misma fugacidad con que se bifurcan. Sólo eso.

Las sillas sobre la mesa, el suelo barrido, la máquina de discos apagada, luces a media asta. El tipo deja doscientos pavos en la barra, junto a la botella mediada. Se cala el sombrero, ladeado sobre una cicatriz. De camino a la puerta afila el cuello de la gabardina para encarar la lluvia. La noche es franca, de tan vieja. Un coche pasa despacio, tan despacio, las ventanas bajadas. El tipo enciende un pitillo, da una calada hasta el alma, no hay prisa. No siente la bala. No siente ya nada. Unos tacones doblan la esquina, hieren la acera. tac-tac-tac-tac. Rubia platino, delgada, muy pálida, ojos verdes; tan negro el paraguas.
Ella le tiende un pañuelo blanco, notas cítricas, madera, azahar. El tipo se limpia la comisura de los labios y se lo devuelve, con dos monedas carmesí.
Ella dice:
—Es usted muy testarudo —la voz ronca, de muchacho.
El tipo pellizca el ala empapada del sombrero.
—No menos que usted.
Encara la lluvia desafiándola. Le arde respirar. Siente los ojos verdes clavados en su espalda mojada, encorvándola. Cada paso dobla el esfuerzo del anterior. Rubia platino, delgada, muy pálida. Ha dejado de llover pero la tentación del paraguas es tanta.

—Hola Bob —el tipo apretó el gatillo; cinco tiros—. Adiós Bob.

En el andén concurrido de una estación de tren, una pareja en blanco y negro se besa con pasión pero sin lengua.
—Nunca olvidaré tus ojos verdes, Madeleine —dice él.
—Son azules, Richard —dice ella, tiquismiquis como siempre.
—¿El qué? —pregunta él.
—Mis ojos —dice ella—, son azules, Richard.
—Oh —comprende él, tan galán como siempre—. Me acordaré de tus tetas entonces, Madeleine.
Se abrazan con fuerza pero sin arrimar cebolleta, envueltos en la niebla de vapor que exuda un coqueto tren vintage.
—Richard…
Madeleine

continuación apócrifa; toma 1 (gracias Alan)