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3:33 a.m. Norte de Pensilvania.
El niño zombi y Taburete —su perro zombi de tres patas— entran en el centro comercial, dónde un puñado de gente viva pretende hacerse fuerte. Antes de que el mundo se volviera loco, el niño zombi fantaseaba con la idea de entrar de noche en un centro comercial, para jugar con los juguetes que sus padres no podían comprarle. Y comer chucherías gratis. Ahora ni siquiera repara en la réplica a escala de un 4×4 biplaza con motor de batería a 12 voltios junto al que acaba de arrastrar los pies, esquivando balas y maldiciones. Las chuches ya no le dicen nada, al niño zombi, sólo puede pensar en la carne humana. Y en cuando soñaba que del grifo salía coca-cola un poquito.

A veces los cuentos lo escriben a uno, y no al revés.

En el rincón azul, con un peso de 77 doscientos, el martillo de Astilleros muerde el protector bucal; en el rincón rojo, con un peso de 77 ciento cincuenta, el puma de Juárez hace crujir el cuello. Suena la campana, estallan flashes, comienza el espectáculo. Es un combate de los de antes, sin concesiones, a largo plazo. No hay medalla de plata en este deporte. Los asaltos se suceden, sangre y sudor a partes iguales. El agotamiento lleva a los púgiles a abrazarse a menudo, bailan al son de los latidos de sus sienes hinchadas a golpes. El público ruge pero ellos ya no oyen. Martillo acaba de ser padre, 3 cuatrocientos, de una niña preciosa, Elena; por suerte sacó la nariz de su madre. Puma y su esposa esperan un niño para mediados de mes, Raúl. Todavía tiene restos de pintura azul bajo las uñas, bajo el dolor, bajo los guantes. Al final del décimo cuarto asalto uno de los boxeadores cae de camino al rincón. Silencio. Hacen lo posible por reanimarle, pero antes de besar la lona estaba muerto. No tengo estómago para continuar jugando a ser Dios. Lo siento. No hoy.
sobre la omnipotencia.

El niño zombi no está solo en este mundo, porque tiene un amigo. Un perrito atropellado. Un perrito zombi. Los perros zombi son mejores que los perros normales, porque los perros normales persiguen a los niños zombis para comérselos. El perrito zombi no puede correr deprisa porque esta muerto y porque sólo tiene tres patas, así que aunque el hambre trae prisa caminan despacito hacia los disparos. El niño zombi le ha puesto de nombre Taburete, que es un nombre cojonudo para un perro de tres patas, zombi o no. Porque si algo tarda en perder un niño zombi es el hambre y el sentido el humor. Por ese orden.

Son las tres de la mañana. El tipo camina con las manos en los bolsillos del abrigo, mirándose los zapatos. Sombrero calado. Cigarrillo. El sonido de sus pasos percuten la ciudad dormida, como una pelea a puñetazos. La rubia platino espera calle arriba, bajo el paraguas negro, bajo la lluvia. El tipo pasa a su lado con su andar pesado, cargado de un silencio más allá de la ausencia y el sonido.
Ella sabe qué secreto esconden sus ojos pardos.
—Dejará cicatriz —carmín rojo, lunar dibujado. Voz de muchacho.
Él tipo distingue el puerto calle abajo. Necesita una bala. Un abrazo. Un trago.
—Todo lo hace —dice. Hace falta una vida entera para aprender eso, vivir con ello es sólo la parte fácil.
Ella dice:
—Lo siento. —Huele a madera y flores marchitas. A ron añejo y hierbabuena.
Los pasos del tipo son reflejo de un destino paciente como un bloque de granito, una carga que ha llegado a definirle. Uno es quién debe tarde o temprano.
Él dice:
—Lo sé. —Son las tres de la mañana. Los pescadores salen a la mar, motas de luz columpiándose en la noche. Ha dejado de llover.
El descenso es una agonía, volver a puerto se le hace imposible pero marcharse requiere todavía más agallas.

¿Nunca se han despertado con la sensación de estar siendo observados? A mí me ocurrió esta mañana, a eso de las tres de la tarde. Encaramado al cabezal me topé con la muerte montando guardia a los pies de la cama, tiesa como un poste de teléfonos, seria como un sancristo. Funeraria como suputamadre.
—¡M-me has dado un susto de muerte! —las gónadas en la boca y los esfínteres a punto de caramelo pero el tete jugando con fuego.
Flaca como un pajarito frito, la muerte parecía triste como a un bar cerrado, desamparada como un perro lamiéndose el pijo sobre la tumba de su amo.
—Ese chiste es más viejo que yo —dijo.
Taquicardia, sudor frío, un amago de aneurisma, pipí.
—Si te parece te cuento el del perro Mistetas. —Que levante la mano quién no haya fantaseado alguna vez con estirar la pata de manera heroica y absurda. Oh, sí.
La ausencia de músculos o pellejo no impidieron a la muerte perfilar una sonrisa de cinemascope, muestrario de lápidas por estrenar.
—¿Todavía sigues escribiendo esas historias sobre mí? —afirmó. Los signos de interrogación eran una licencia poética, un pacto de no agresión. Fina ironía.
Le eché la culpa a la inspiración, caprichosa. A las musas, veleidosas. A Terry Pratchett. A la medicación.
De guardia a los pies de la cama, tiesa como el cadalso, seria como un mal arbitraje, funeraria como suputamadre la muerte bostezó en un ángulo 180 grados. Esas cosas se pegan como el amén en una iglesia, aunque temo que aquel reflejo de mi falta de sueño era en su caso síntoma de un profundo aburrimiento.
—La manía que os ha entrado a todos con humanizarme —dijo. No sé si antes o después de que me durmiera.
Cuando bajé a almorzar, a eso de las seis de la tarde, el bonsai que me trajo Papá Noel estaba trasplantado en el jardín, dónde hace años hubo una higuera colosal. Había huellas de pies descalzos en la tierra. Descalzos hasta el hueso.


Hace semanas que el tipo sin blanca necesita dejarse llevar por una de sus historias en blanco y negro, pero las musas parecen celosas de aquellas rubias peligrosas que le echan el humo a la cara.
—No importa si es pelirroja —le reprocha a un despacho vacío, emborronado por un cartón de cigarrillos y una bombilla de 40 vatios.
El tipo sin blanca apura la botella en la taza del desayuno. Su última paga, malta, doce años, aunque no aparenta ni la mitad.
De la calle llega ruido de sirenas. La policía disfruta despertando a la gente de bien en sus camas heladas. Tras los listones de la persiana veneciana que lo aísla del neón y los relámpagos, el tipo sin blanca imagina a una rubia jugando a la ruleta rusa de los callejones. Corre descalza sobre los charcos, entre la basura y los gatos acostumbrados a los disparos. Sombra de ojos en las mejillas, un hombro desnudo, piernas largas como esperar sentado. Asustada como solo asustan el momento y el lugar equivocados. Entreabiertas las láminas de la persiana por sus dedos de cirujano, la luz de la calle cebra la cara del tipo sin blanca como una marca de guerra. Corre rubia, corre, susurra. Suerte, pelirroja, murmure tal vez. La ciudad no es lugar para secretos.