Archivos de la categoría ‘los perros sueñan en blanco y negro’

guárdame el secreto

Anoche soñé contigo. Era de los textiles, tranquila. Sólo te veía los zapatos, taconazo burdeos, pero por el contexto ibas impecablemente vestida. La ley antitabaco no ha pasado de la vida real —todavía— así que me apuntabas con un pitillo en plena barra de bar y me pedías fuego lumbre candela. Me palpaba las hechuras como si me ardiera el alma gitana, aún sabiendo que yo nunca tuve un mechero de oro viejo con mis iniciales grabadas. Deberías dejarlo, te decía. Contestabas lo he dejado, pero los cigarrillos todavía le sientan bien a mi aspecto. No podía replicarte a eso, nadie puede. Por el bien del sueño daba con una cerilla entre la pelusa y los peniques de una noche que acaba. La encendía con la uña del pulgar (siempre he querido saber hacer eso, magia) y te prendía el pitillo. Aún así deberías dejarlo, reiteraba, mientras tu humo se me untaba al cuero y la resaca. Y si esto fuera un sueño de puta madre, tú me hubieras prometido: cuando dejes de soñar conmigo. Pero no recuerdo que decías; puede que despierta, es mi marido. O puede que nada.
 
En el filo de la luz de una farola un tipo fuma, despacio, como si intuyera que iba a ser su último pitillo; tiempo de descuento, una prórroga. Lo es, pero el tipo no tiene forma de saberlo todavía. Tras la última calada como una caricia, un beso de Judas, el tipo se vence hacia la luz y precipita al suelo; nueve coma ocho metros por segundo para aterrizar a la vez que la colilla. El humo del cigarrillo araña el aire al escapar, junto a su vida, por la brecha carmesí que le abre en la garganta una sonrisa. A la altura de los ojos, abiertos sin comprender, la suela de un zapato de tacón rojo aplasta la colilla contra la acera. Sin regodearse. Hay quienes creen que todo el mundo tiene derecho a un momento de paz consigo mismo y con el mundo antes de morir, incluso aquellos que no se lo merecen. Hay gente capaz de creerse cualquier cosa. Como que más tarde un pie descalzo hasta lo metafísico, veintiséis huesos unidos por la voluntad de existir al filo de la luz de una farola, ahogarán los últimos rescoldos de aquella colilla que, consumiéndose, agonizará sobre la acera todavía. Todavía.
Un 16 de agosto de hace cinco años (cinco años ya) comenzó todo. Aunque lo parezca no ha terminado. Todavía.
La frustración de nuestro protagonista por dormirse antes de que acabara la película, fue pareja a la de despertarse sin saber cómo terminaba el sueño. Koniec.
Las musas me llaman. Una de ellas. Me suelta: tengo un micro, apunta. Palpo la mesilla por soleares hasta dar con las gafas. Enfoco el despertador. Va de una muchacha de pelo rojo que le propone un trato a la muerte que no puede rechazar, me ametralla la musa. Paraparapara, me digo.
—¿Pero tú sabes la hora que es? —son las tres y media de la madrugada.
Me reprende a voces. Acaso estaba durmiendo, pregunta. Mi mutis vale por un millar de microcuentos. Está fuera de sí. Debería de estar borracho a estas horas, exclama. Fumando un cigarrillo tras otro frente a la máquina de escribir. Al borde del abismo. Apestando a sudor y desesperación. Husmeo bajo las sábanas, mmm, el nuevo suavizante huele a campiña inglesa destilada. Me espeta que el arte es compromiso. Implicación. Trabajo. Trabajo. Trabajo. Lágrimas. Cabeceando corners alcanzo a oír que el arte no cae del cielo, el arte hay que ganárselo, 24 horas al día, cada minuto, irresponsable, gilipollas.  Yo no hago tratos con fracasados, me escupe a cara a través del auricular. Hemos terminado. Cuelga. Apago el móvil, lo dejo sobre la mesilla, junto a las gafas, y me abandono a un sueño profundo y sin sueños. Dónde estaban su  implicación y su compromiso estas últimas semanas, pregunto. Qué le fuera a otro con ese cuento. Tiempo tendré de arrepentirme por la mañana. Festivos a mediodía.
A Pablo Gonz
Érase una vez el cuarto cerdito, aquel marrano calavera que eliminaron del cuento de los tres cerditos por tratarse de un cerdo de categoría, pues érase una vez que enfundado como cada noche en su traje de lobo feroz  a medida —ese  con que engatusaba a las más cerdas— en pos de mayor número de bizarrías (todavía silenciadas) se le ocurrió ponerse una piel de cordero por encima.
sobre el sexo de los angelicos