Archivos de la categoría ‘inocencia’

El tipo deja los condones sobre el mostrador. 6 unidades. Arándanos con frambuesa. Al pasar la caja por el lector, la cajera no puede evitar advertir que se trata de una xs. Piensa que incluso el japonés herido de guerra que conoció hace dos veranos en un tablao flamenco podría hacerse un torniquete con eso y se le intuye una sonrisa. El tipo es un tipo empático así que sonríe también. Cuando Dios cierra una puerta abre una ventana, resistir a la tentación de arrojarse por ella es cosa del libre albedrío. No es ningún milagro lamerse con la lengua la punta de la nariz, pero el tipo de los condones para niños de siete años le demuestra a la cajera que, aunque más raramente, puede uno peinarse las cejas.
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—Sabes la frase que sale en la base de los condones?
—Qué frase?
—Ah, que tú no necesitas desenrollarlos del todo…
Dentro de un contenedor de basura muere un niño. Con la muerte no se juega, imagina ganarle al escondite. Dónde están mamá y papá, pregunta la muerte, pero el niño es demasiado pequeño para decir que no lo sabe. De ser mayor le podrían los huesos rotos y las quemaduras de cigarro. La muerte lo envuelve en su mortaja, pesa como a un pajarito. Vamos a buscarlos, le dice, cuenta hasta cien.

a MA, que me abrió los ojos

Fotografía de Thomas Czarnecki

Más que pasar a la historia el baile se convirtió en leyenda, en mito. Pero dar pie a la idealización, ese photoshop de la memoria, nos alejó de la verdad cruda. Cuando cenicienta perdió el zapato de cristal, justo antes de dar la medianoche, lo hizo obligada a sortear comas etílicos y vomitonas escaleras arriba. Perdió el zapato como había perdido la noción del tiempo, la honra y las bragas de organdí (por ese orden). Corriendo como corrió por palacio el alcohol y los polvos a través de cualquier oquedad, no se engañen, Cenicienta debió llegar al baile en tranvía, haciendo dedo si me apuran, no hay forma de saberlo ya. Que volviera en una carroza que a cada bote de adoquines se convertía en calabaza, tirada por unos caballos blancos que se volvían ratones entre las riendas de un cochero que —literalmente— ladraba improperios a la caterva de excesos que entorpecían su camino mientras un lacayo les escupía bolas de pelo, dice mucho de la calidad de la mierda que corrió en aquella fiesta. El resto es historia, leyenda.  El príncipe todavía en globo probando aquel zapato a toda quién tuviera pies, azuzado a punta de puñal por un padre hasta la corona de los desafueros de vivalavirgen de su primogénito. Como si el número de pie de Cenicienta fuera tan raro como aquel dichoso zapato de cristal, cuyo tamaño inverosímil cerraba las puertas a toda doncella del reino y alrededores que hubiera alcanzado la mayoría de edad, aún a riesgo de abrir la ventana a las que ni la rozaban; extremo al que incluso un microcuentista descreído como el que suscribe ni se plantearía insinuar, aún insinuándolo descaradamente. Puede que en ocasiones sea preferible un poco de Bibidi babidi bu.
Mamá osa y papá oso miran a ricitos de oro dormir en la cama —ni muy dura ni muy blanda— del nene oso, que llora todavía porque ya se quedó sin sopa —ni muy caliente ni muy fría— y sin silla por barata. Papá oso y el osito parecen poco a poco enternecidos por los rizos dorados de la chiquilla, pero mamá osa no permitirá que la dejen marchar de rositas, oh no… El cuento acabará como acababan los cuentos antes: eviscerada es poco; si la moraleja no sangra no enseña.  Porque mamá osa sabe algo que su esposo e hijo, conmovidos por la nube dorada que envuelve como un hechizo el rostro angelical de la muchacha y cuyo reflejo ilumina la estancia, ignoran. Algo que les hará recordar la recién violada intimidad de su propia casa. Durante el inventario de los daños mamá osa encontró un pelo en su —ni muy grande ni muy pequeño ni muy duro ni muy blando— consolador (qué esperaban de una pareja que duerme en camas separadas). Un pelo recio como el alambre y negro como el revés de un corazón. Ricitos de oro era una hippie teñida farsa.
Un 16 de agosto de hace cinco años (cinco años ya) comenzó todo. Aunque lo parezca no ha terminado. Todavía.
El suicida abre la puerta del horno y pone en jaque su vacío existencial a 190 grados celsius. A medida que ve pasar su vida por delante de los ojos termina por cerrarlos. Si fuera una buena vida no se la estaría quitando. Cuando despierta se topa con la muerte de velatorio y cara de pocos amigos. La baba a punto de nieve en la comisura de los labios del suicida, que se siente obligado a justificarse: no le importaba a nadie… Antes que continúe, mañana será otro día, la muerte cierra la tapa del horno con el pié. A modo de resumen tres palabras: es—eléctrico—gilipollas.