Archivos de la categoría ‘historias de la mera muerte’

Hija de de la gran p pese a su florido vocabulario, Santa Claus no pierde un gramo de su aspecto afable y bonachón; de refresco para toda la familia. Cada año hacen las chimeneas más estrechas, c con las manos en las rodillas recupera el resuello y la dignidad, observando con cierta aprensión el árbol de navidad que le acecha el flanco izquierdo. Un esqueleto de ramas peladas lleno de hipocampos blanqueados por el sol y caracolas pulidas por la marea, salpimentado  por anillas de latas de refresco que titilan a la luz de las velas que iluminan el pesebre a su derecha; nunca se acostumbrará al belén oh oh no. Pese a la falta de vida y espumillón el árbol no da escalofríos, los adornos están colocados  con un gusto hipnótico, casi relajante. No es bonito pero no mojas la cama. Santa Claus deja el regalo a los pies de esa cosa y, sin necesidad de palpar demasiado —son ya muchos años—, coge de la repisa de la chimenea un bastoncillo de zanahoria cruda y el vaso de leche de soja. Mordisquea la zanahoria y sorbe la leche porque es un profesional, pero ni el doble papel de regalo negro ni el enorme lazo plata perfumado de Barón Dandy disimulan el olor a panceta polvorones frutos secos ron añejo salchichón que le hace temblar las orejas. Un maridaje tentador oh oh sí. Pero ese viejo perchero fúnebre que es la muerte parece que no puede con su alma, la guadaña y la parca. Está en los huesos, tiene que comer, j jamón.
sobre esta noche y las noches como ésta que la precedieron (versión parca)
Como escenario una cala desierta, de ensueño, de ésas que piden un polvo a gritos, o un naufragio. Protagonista la muerte, en bermudas de surfero y sombrero de paja de propaganda (pongamos cerveza), que recoge hipocampos blanqueados por el sol y caracolas pulidas por la marea. Las olas vienen y van, lamiéndole los calcañares mientras esquiva camarones suicidas a la orilla del mar. Un mar manso y desamparado, que no engaña a nadie. La muerte lleva tiempo pensando en comprarse un detector de metales, para desenterrar monedas de a centavo, anillas de latas de guaraná, quincalla sin más valor que el rato de no pensar, que no se paga con nada. Le relaja recoger cosas sin alma, en calas de ensueño que piden un polvo a voces, esquivando carídeos ciclotímicos a la orilla de un mar desvalido  y cabrón. Es su pequeño remanso de paz, mientras la orilla se llena de cuerpos. Y de gaviotas.
Comprobado: se puede sudar de frío y temblar de calor.
Dentro de un contenedor de basura muere un niño. Con la muerte no se juega, imagina ganarle al escondite. Dónde están mamá y papá, pregunta la muerte, pero el niño es demasiado pequeño para decir que no lo sabe. De ser mayor le podrían los huesos rotos y las quemaduras de cigarro. La muerte lo envuelve en su mortaja, pesa como a un pajarito. Vamos a buscarlos, le dice, cuenta hasta cien.
 
En el filo de la luz de una farola un tipo fuma, despacio, como si intuyera que iba a ser su último pitillo; tiempo de descuento, una prórroga. Lo es, pero el tipo no tiene forma de saberlo todavía. Tras la última calada como una caricia, un beso de Judas, el tipo se vence hacia la luz y precipita al suelo; nueve coma ocho metros por segundo para aterrizar a la vez que la colilla. El humo del cigarrillo araña el aire al escapar, junto a su vida, por la brecha carmesí que le abre en la garganta una sonrisa. A la altura de los ojos, abiertos sin comprender, la suela de un zapato de tacón rojo aplasta la colilla contra la acera. Sin regodearse. Hay quienes creen que todo el mundo tiene derecho a un momento de paz consigo mismo y con el mundo antes de morir, incluso aquellos que no se lo merecen. Hay gente capaz de creerse cualquier cosa. Como que más tarde un pie descalzo hasta lo metafísico, veintiséis huesos unidos por la voluntad de existir al filo de la luz de una farola, ahogarán los últimos rescoldos de aquella colilla que, consumiéndose, agonizará sobre la acera todavía. Todavía.

Un 16 de agosto de hace cinco años (cinco años ya) comenzó todo. Aunque lo parezca no ha terminado. Todavía.
El suicida abre la puerta del horno y pone en jaque su vacío existencial a 190 grados celsius. A medida que ve pasar su vida por delante de los ojos termina por cerrarlos. Si fuera una buena vida no se la estaría quitando. Cuando despierta se topa con la muerte de velatorio y cara de pocos amigos. La baba a punto de nieve en la comisura de los labios del suicida, que se siente obligado a justificarse: no le importaba a nadie… Antes que continúe, mañana será otro día, la muerte cierra la tapa del horno con el pié. A modo de resumen tres palabras: es—eléctrico—gilipollas.
La muerte viene a jugar un parchís a veces. No soporta el ajedrez. A Matusalem le encantaba el ajedrez. Me toca. Lanzo el dado con pericia de jugador de Dungeons & Dragons. Su mariposeo sobre el talero suena como si un orco de nivel ocho me hubiera saltado un empaste. Saco un tres. Cojo la ficha que me falta para llegar a meta. Juego con verdes. Cuento unodosytres. Carraspeo sin necesidad. Mando la única ficha de la muerte en juego a su casa, va con rojas. Anuncio que se la como -con perdón-, y cuento veinte. Unodostrescuatrocincoseis. La temperatura del comedor desciende quince grados. El aliento se me hace visible, luego respiro. Todavía. Dieciochodiecinueveveinte. A dos de finiquitar la partida. La muerte está como al principio, cuatro gotas rojas en su diana carmesí. Hasta que saque un cinco jugaré con público. Un cuatro, voy yo. La muerte murmura algo inaudible. Ya para todos los públicos dice: ¿Echamos una Wii?

El microcuentista amaestrador de nubes se suicida. Se cuelga de una viga, le da al gas, se abre las venas, come pastillas; para ser microcuentista amaestrador de nubes no tenía demasiada imaginación. Total que llega la muerte y lo descuelga, cierra el gas, le da una vuelta de precinto a las muñecas, le tiende la sal de frutas; para ser la muerte no vale cualquiera. Mientras lo ayuda a lavarse un poco (los suicidios son un asunto sucio, amigos) el microcuentista amaestrador de nubes le pregunta si cree que le importará a alguien. No se equivoquen, el tipo está muerto. La muerte se lo queda mirando con esos ojos como dos sopapos. Francamente, si la tuviera le sudaría la polla.
Siempre supo que amaría. Y que tras un corto periodo de plenitud, de felicidad absoluta, iba a morir. Por eso escapaba cada vez que sentía algo más que curiosidad o deseo por alguien. Hasta que la (le, lo, las, les; se trata de en una historia universal) conoció. No tuvo tiempo de huir, ni se lo plateó siquiera. Fueron un puñado de días que valieron por toda una vida de mierda, por la que muchos-as se dejarían matar.
Primero la siente en los huesos, el perfume llega luego. Calles mojadas por la lluvia, madera, flores marchitas. Frutos secos.
La rubia platino se acoda a la barra de espaldas, para mirarle con esos ojos absenta que lo apuñalan. Rubia platino, lunar dibujado. Cereza los labios.
—Fea herida —aquella voz de muchacho.
El tipo mira su cara partida en el espejo del mostrador, empequeñecida y multiplicada por un pantone de olvidos que gradan del gin a la melaza. Trata de reconocerse en el reflejo de unas pupilas apagadas por el cansancio y los recuerdos. Cree que un siete en el cuero no le va nada al personaje, pero la ficción tiene sus propias reglas. Da un trago de oro viejo. Los hielos le queman el labio, entumecido por los nudillos de un pobre diablo. Los pobres diablos muertos tampoco le van nada al personaje.
—Las colecciono. —Viudas y cicatrices.
Encaramada a dos puñales burdeos, la rubia platino esboza una sonrisa triste. Perturbadora como las historias junto a la hoguera. Tan atractivas las llamas.
—Todos coleccionamos algo —dice.
Un negro toca el piano. Le quebraron los dedos por deudas de juego. Bueno como nada que hayas escuchado, pero ya nunca el mejor. El vaso del tipo vuelve a estar lleno. Oro viejo para los recuerdos nuevos. Los huesos vuelven a ser los suyos, el perfume y la sonrisa persiste un tiempo. El tipo se cala el sombrero. Ladeado sobre la primera cicatriz. Saca un par de billetes del bolsillo. Deja uno en la barra, el otro es para el negro.
—¿Qué tienen de malo los sellos? —murmura. Quizá le oigan.