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En el país de los ciegos el tuerto es el rey, pero si los ciegos votaran en referéndum por la república el tuerto sería sólo un tuerto; hasta un ciego vería eso.
El tipo duro apunta a la mujer fatal con un revólver. La mujer fatal no le mira a los ojos porque lo desmontaría.
—Aún así te alegras de verme —resistirse a un mohín como el de esos labios perfilados con tiralíneas no está a alcance de cualquiera.
La lengua le sabe a velcro cuando el tipo duro se cambia el mondadientes de carrillo.
—Llevo otra pistola —tercia.
Frente a la sonrisa cargada de rouge de quien sabe encajar un buen golpe no queda más que apostarlo todo al negro. Piedra papel tijera smith & wesson.
Touché —pese a la exquisita entonación con que la mujer fatal hace frente a los estampidos, que levantan bandadas de pájaros de árboles desamparados como  metáfora del alma,  logra que suene algo parecido a trucha.
sobre las duchas frías (en primera instancia)

lápida LXXX7 (los secretos aquí)

Publicado: diciembre 3, 2012 en General

lapida1514

Las luciérnagas zigzaguean alrededor de los samuráis. La coreografía de sus aceros perturba apenas aquellas pinceladas de luz en mitad de la nada, como si ignoraran su presencia o la toleraran. Dos vidas en un instante, luego una; después nada. Las luciérnagas siguen prendidas a la noche cuando todo acaba.
 
En el filo de la luz de una farola un tipo fuma, despacio, como si intuyera que iba a ser su último pitillo; tiempo de descuento, una prórroga. Lo es, pero el tipo no tiene forma de saberlo todavía. Tras la última calada como una caricia, un beso de Judas, el tipo se vence hacia la luz y precipita al suelo; nueve coma ocho metros por segundo para aterrizar a la vez que la colilla. El humo del cigarrillo araña el aire al escapar, junto a su vida, por la brecha carmesí que le abre en la garganta una sonrisa. A la altura de los ojos, abiertos sin comprender, la suela de un zapato de tacón rojo aplasta la colilla contra la acera. Sin regodearse. Hay quienes creen que todo el mundo tiene derecho a un momento de paz consigo mismo y con el mundo antes de morir, incluso aquellos que no se lo merecen. Hay gente capaz de creerse cualquier cosa. Como que más tarde un pie descalzo hasta lo metafísico, veintiséis huesos unidos por la voluntad de existir al filo de la luz de una farola, ahogarán los últimos rescoldos de aquella colilla que, consumiéndose, agonizará sobre la acera todavía. Todavía.

a MA, que me abrió los ojos

Fotografía de Thomas Czarnecki

Más que pasar a la historia el baile se convirtió en leyenda, en mito. Pero dar pie a la idealización, ese photoshop de la memoria, nos alejó de la verdad cruda. Cuando cenicienta perdió el zapato de cristal, justo antes de dar la medianoche, lo hizo obligada a sortear comas etílicos y vomitonas escaleras arriba. Perdió el zapato como había perdido la noción del tiempo, la honra y las bragas de organdí (por ese orden). Corriendo como corrió por palacio el alcohol y los polvos a través de cualquier oquedad, no se engañen, Cenicienta debió llegar al baile en tranvía, haciendo dedo si me apuran, no hay forma de saberlo ya. Que volviera en una carroza que a cada bote de adoquines se convertía en calabaza, tirada por unos caballos blancos que se volvían ratones entre las riendas de un cochero que —literalmente— ladraba improperios a la caterva de excesos que entorpecían su camino mientras un lacayo les escupía bolas de pelo, dice mucho de la calidad de la mierda que corrió en aquella fiesta. El resto es historia, leyenda.  El príncipe todavía en globo probando aquel zapato a toda quién tuviera pies, azuzado a punta de puñal por un padre hasta la corona de los desafueros de vivalavirgen de su primogénito. Como si el número de pie de Cenicienta fuera tan raro como aquel dichoso zapato de cristal, cuyo tamaño inverosímil cerraba las puertas a toda doncella del reino y alrededores que hubiera alcanzado la mayoría de edad, aún a riesgo de abrir la ventana a las que ni la rozaban; extremo al que incluso un microcuentista descreído como el que suscribe ni se plantearía insinuar, aún insinuándolo descaradamente. Puede que en ocasiones sea preferible un poco de Bibidi babidi bu.
Mamá osa y papá oso miran a ricitos de oro dormir en la cama —ni muy dura ni muy blanda— del nene oso, que llora todavía porque ya se quedó sin sopa —ni muy caliente ni muy fría— y sin silla por barata. Papá oso y el osito parecen poco a poco enternecidos por los rizos dorados de la chiquilla, pero mamá osa no permitirá que la dejen marchar de rositas, oh no… El cuento acabará como acababan los cuentos antes: eviscerada es poco; si la moraleja no sangra no enseña.  Porque mamá osa sabe algo que su esposo e hijo, conmovidos por la nube dorada que envuelve como un hechizo el rostro angelical de la muchacha y cuyo reflejo ilumina la estancia, ignoran. Algo que les hará recordar la recién violada intimidad de su propia casa. Durante el inventario de los daños mamá osa encontró un pelo en su —ni muy grande ni muy pequeño ni muy duro ni muy blando— consolador (qué esperaban de una pareja que duerme en camas separadas). Un pelo recio como el alambre y negro como el revés de un corazón. Ricitos de oro era una hippie teñida farsa.
Un 16 de agosto de hace cinco años (cinco años ya) comenzó todo. Aunque lo parezca no ha terminado. Todavía.

El microcuentista amaestrador de nubes se suicida. Se cuelga de una viga, le da al gas, se abre las venas, come pastillas; para ser microcuentista amaestrador de nubes no tenía demasiada imaginación. Total que llega la muerte y lo descuelga, cierra el gas, le da una vuelta de precinto a las muñecas, le tiende la sal de frutas; para ser la muerte no vale cualquiera. Mientras lo ayuda a lavarse un poco (los suicidios son un asunto sucio, amigos) el microcuentista amaestrador de nubes le pregunta si cree que le importará a alguien. No se equivoquen, el tipo está muerto. La muerte se lo queda mirando con esos ojos como dos sopapos. Francamente, si la tuviera le sudaría la polla.
El último hombre vivo ha logrado destilar porexpán. El resultado es algo parecido a dispararse en la boca con un rifle. Un par de gotas bastan para saltarle la pintura al microondas, con un trago alcanza para ablandar el corazón. Desempolvar el alma. El último hombre vivo no está borracho, porque uno no se emborracha con porexpán destilado, trasciende. Es en plan trascendental como la unidad robótica de mantenimiento se lo encuentra acurrucado en el cuarto de las escobas, apuntando con una botella de esa mierda hacia la oscura inmensidad del universo que engulle a la nave espacial Megápolis, tanto allá fuera como dentro.
—No recuerdo su cara —se reprocha. Pronto no recordará su nombre. Anna. Ann. A. El último ser humano bebe despacio para castigarse y porque no puede hacerlo más deprisa sin que salte la alarma anti-incendios. Su nivel de porexpán en sangre ha entrado conflicto con la vida, falta poquísimo para que sean esas sus últimas palabras; que no está mal como epitafio pero -contra todo pronóstico- logra mejorarlas—: Era bonita, eso no se olvida—. El robot de mantenimiento lleva rato en bucle, repitiendo  que lo deje ahí…  para sus adentros, como un mantra a velocidad positrónica. Las lágrimas del último ser humano presagian que no se va a callar mientras le alcance la consciencia y la rabia, que le alcanzan lo justo para en un vano intento por abarcar todo su mundo perdido sentenciar—: Tenía un culo como dos sandías.

Son los príncipes los que salen rana, no al revés.

lápida LXX9 (no desesperen)

Publicado: enero 23, 2012 en General, lápida, malafolla

Fdez. musa freelance.

—Hòstia! Quin mal ha de fer caure de la llitera mentre fots un clau, no?
—Només si caus sota.

ouch!

—¡Hostia! Cómo debe doler caerse se la litera mientras echas un clavo, ¿no?
—Sólo si caes debajo.