Archivos de la categoría ‘furia de titanes’

En el país de los ciegos el tuerto es el rey, pero si los ciegos votaran en referéndum por la república el tuerto sería sólo un tuerto; hasta un ciego vería eso.

apúntate una, txemáquina
Bienaventurados los pobres, porque nos comerán la polla.
Goldman Sachs 5,3

grande, hermano

Gondor siete mundiales. Jódete, Brasil.
En el principio Dios dijo: “Hágase la luz”. Y al Verbo (que ya estaba ahí) se le cruzaron los cables: “Enciéndela tú, gilipollas”.
Hija de de la gran p pese a su florido vocabulario, Santa Claus no pierde un gramo de su aspecto afable y bonachón; de refresco para toda la familia. Cada año hacen las chimeneas más estrechas, c con las manos en las rodillas recupera el resuello y la dignidad, observando con cierta aprensión el árbol de navidad que le acecha el flanco izquierdo. Un esqueleto de ramas peladas lleno de hipocampos blanqueados por el sol y caracolas pulidas por la marea, salpimentado  por anillas de latas de refresco que titilan a la luz de las velas que iluminan el pesebre a su derecha; nunca se acostumbrará al belén oh oh no. Pese a la falta de vida y espumillón el árbol no da escalofríos, los adornos están colocados  con un gusto hipnótico, casi relajante. No es bonito pero no mojas la cama. Santa Claus deja el regalo a los pies de esa cosa y, sin necesidad de palpar demasiado —son ya muchos años—, coge de la repisa de la chimenea un bastoncillo de zanahoria cruda y el vaso de leche de soja. Mordisquea la zanahoria y sorbe la leche porque es un profesional, pero ni el doble papel de regalo negro ni el enorme lazo plata perfumado de Barón Dandy disimulan el olor a panceta polvorones frutos secos ron añejo salchichón que le hace temblar las orejas. Un maridaje tentador oh oh sí. Pero ese viejo perchero fúnebre que es la muerte parece que no puede con su alma, la guadaña y la parca. Está en los huesos, tiene que comer, j jamón.
sobre esta noche y las noches como ésta que la precedieron (versión parca)
—Mi vida sexual da  para tres novelas.
—Si las llenas de paja claro.
Las luciérnagas zigzaguean alrededor de los samuráis. La coreografía de sus aceros perturba apenas aquellas pinceladas de luz en mitad de la nada, como si ignoraran su presencia o la toleraran. Dos vidas en un instante, luego una; después nada. Las luciérnagas siguen prendidas a la noche cuando todo acaba.
—Sabes la frase que sale en la base de los condones?
—Qué frase?
—Ah, que tú no necesitas desenrollarlos del todo…
Dentro de un contenedor de basura muere un niño. Con la muerte no se juega, imagina ganarle al escondite. Dónde están mamá y papá, pregunta la muerte, pero el niño es demasiado pequeño para decir que no lo sabe. De ser mayor le podrían los huesos rotos y las quemaduras de cigarro. La muerte lo envuelve en su mortaja, pesa como a un pajarito. Vamos a buscarlos, le dice, cuenta hasta cien.
Un 16 de agosto de hace cinco años (cinco años ya) comenzó todo. Aunque lo parezca no ha terminado. Todavía.
El suicida abre la puerta del horno y pone en jaque su vacío existencial a 190 grados celsius. A medida que ve pasar su vida por delante de los ojos termina por cerrarlos. Si fuera una buena vida no se la estaría quitando. Cuando despierta se topa con la muerte de velatorio y cara de pocos amigos. La baba a punto de nieve en la comisura de los labios del suicida, que se siente obligado a justificarse: no le importaba a nadie… Antes que continúe, mañana será otro día, la muerte cierra la tapa del horno con el pié. A modo de resumen tres palabras: es—eléctrico—gilipollas.
Dios aprieta pero no ahoga. Diluvio aparte.
el profeta sexi
(Que Os Ahogáis en un Escupitajo)