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 Finjo mis sarcasmos.
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todo parecido con la realidad es
maestro yoda
(piensa en verde)
En el insustancial devenir del microcuentista pasan algunas cosas, pero supongo que no están aquí para que les cuente su vida, un cuento tiene un pase pero. Es justo, rebobinemos: en la vida del calentador de retretes de su majestad hay un hola, un hasta luego (porque el micrcalentador de retretes de su majestad nunca dice adiós) y palabras, palabras, muchas palabras. Sentado en el trono que nos iguala, atemperando con sus nalgas la temperatura de la loza para el distinguido derrière de su majestad, el mcalentador de retretes no puede más que desearles buen viaje. Tanto si vienen y como si se marchan; personas y palabras. Buen viaje y buena suerte. Algunos dirán que esto ni es un microcuento ni es nada. Tienen razón, es justo eso. Pero como concesión a su público, en agradecimiento a su paciencia, el microcuentista se guarda un final feliz en la manga. Su majestad no podrá hacer caca. El rey del microcuento terminará frustrado y con el culo helado, como todo hijo de vecino amén.
Un 16 de agosto de hace cinco años (cinco años ya) comenzó todo. Aunque lo parezca no ha terminado. Todavía.
Con la de trenes que he dejado escapar, mejor me compro una moto.

La inspiración se sienta a mi lado. Trae una botella, dos vasos. Sirve un par de dobles. Me señala una muchacha al fondo del bar ¿ves a esa chica?, juega con la aceituna del Martini que no ha tocado. Bonita y sola, no miro otra cosa desde que ha entrado. Doy un trago. La inspiración me llena el vaso, escucho sus palabras antes que se decida a pronunciarlas: te diré como vas a matarla.
—Pero yo le quiero…
—No confundas el amor con el síndrome de Diógenes, cariño.
Imagina las tres primeras cosas que harías si fueras invisible.