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todo parecido con la realidad es
maestro yoda
(piensa en verde)
En el insustancial devenir del microcuentista pasan algunas cosas, pero supongo que no están aquí para que les cuente su vida, un cuento tiene un pase pero. Es justo, rebobinemos: en la vida del calentador de retretes de su majestad hay un hola, un hasta luego (porque el micrcalentador de retretes de su majestad nunca dice adiós) y palabras, palabras, muchas palabras. Sentado en el trono que nos iguala, atemperando con sus nalgas la temperatura de la loza para el distinguido derrière de su majestad, el mcalentador de retretes no puede más que desearles buen viaje. Tanto si vienen y como si se marchan; personas y palabras. Buen viaje y buena suerte. Algunos dirán que esto ni es un microcuento ni es nada. Tienen razón, es justo eso. Pero como concesión a su público, en agradecimiento a su paciencia, el microcuentista se guarda un final feliz en la manga. Su majestad no podrá hacer caca. El rey del microcuento terminará frustrado y con el culo helado, como todo hijo de vecino amén.
Un 16 de agosto de hace cinco años (cinco años ya) comenzó todo. Aunque lo parezca no ha terminado. Todavía.
Con la de trenes que he dejado escapar, mejor me compro una moto.

Tiene cuatro años y lleva a la muerte cogida de la mano. De la otra un globo rojo y un helado; de tres bolas.
—¡Genial! —dice la niña. Bien pudiera haber sido un niño de cinco años, o tener siete recién cumplidos, pero cada cual tiene su propia historia, y esta trata de la muerte y de una niña de cuatro años de ojos verdes y pestañas largas como un día sin tele.
—Mola —la muerte es tan vieja como el último suspiro del primero de los seres vivos, pero trata de ser alguien de su tiempo.
—¿Vamos al tren de la bruja? —propone la niña, con su bigote de nata, pistacho y turrón.
A la muerte le deprimen horriblemente las ferias de pueblo y la feria de este pueblo es especialmente deprimente. Ocurre siempre después de un accidente. Aún así la muerte sonríe. No sólo porque la ausencia de labios dé a su semblante una sonrisa permanente, la sonrisa eterna, sino porque está de buen humor. Después de todo nunca antes había montado en un tiovivo. Como lo vintage está de moda dice:
—Guay.
historia de un niño de cinco años
historia de una niña de siete  recién cumplidos

sobre el carpe diem

Publicado: agosto 12, 2009 en ella, inocencia, malafolla, microcuentos, trenes

Lo estamos haciendo. Follando me refiero; o haciendo el amor, si no tenéis el estómago muy fino. Ella grita un nombre, no el mío, uno. Yo grito otro, no el suyo, para joderla como a mí me jode. Ella repite aquel nombre con cada embestida. Yo repito aquel otro con el ímpetu de un tren de vapor. Como una pelea a puñetazos. Como dos desconocidos. A lo tonto a lo tonto nos está quedando un buen polvo.