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El universo se expande, mira tu madre.

Cuentan que hace tiempo una ardilla podía cruzar la península saltando de edificio en edificio.

El último ser humano soñó con ella mientras estaba en animación suspendida, recordaba eso. Mirando el cosmos por la ventana de su camarote pensaba en ella. 350.000 años y no había podido olvidarla.
—Fue la razón para enrolarme en esta lata —dijo.
Cromado hasta las cejas, el robot de mantenimiento se mantenía en un discreto segundo plano, alejado del abismo del hombre y la ventana.
—¿Cómo se llamaba, señor? —preguntó.
El último ser humano pudo haberle dado una calada a un cigarrillo, negro como un pecado para imprimirle carácter al personaje, pero los cigarrillos, negros o rubios, y los pecados se extinguieron hace tanto tiempo.
—Anna —cómo necesitaba un cigarrillo—. Pensé que me consolaría saber que a estas alturas estaría muerta.
El robot sumó dos y dos. Dio un respingo.
Joder, señor.
El último ser humano se dejó tragar por el espacio infinito, que se extendía sin límite ni rencores a tomar por culo.
El robot de mantenimiento buscaba en su base de datos algo apropiado que decir; tener los pies de plomo no era ninguna garantía de éxito.
—Le hincho la unidad sensual de compañía, s… Dave —aventuró.
Millones de estrellas nacieron y murieron en aquel instante, el último ser humano pudo sentir colapsarse en sus tripas cada una de ellas. Tubo que hacer un esfuerzo titánico por no besar a aquel montón de chatarra.
—Esta noche no, gracias —murmuró.
Qué profundidad adquiriría todo, con el dichoso cigarrillo.

atrás, en el futuro…

La última máquina dejó de estar operativa al cuarto garrotazo. El primer mono a dos patas continuó sintiendo curiosidad un rato.