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Murió el último ser humano. El robot lloró.

Con una simple llamada de teléfono móvil desde el atasco, el hombre de negocios enciende las luces del porche de casa, sube dos grados la calefacción y le baja cuatro al vino, enciende la chimenea, calienta la cena, prende las falsas velas, pone música de saxofón, aroma de lavanda en el humidificador e hincha la muñeca.

El ornitólogo despertó con una argolla en el tobillo.

La nave aterriza con suavidad en una pista privada, todas lo son. Un numeroso grupo de extraterrícolas descienden por la pasarela automática, que conduce a la terminal de llegadas intergalácticas. Allí son recibidos por un atildado robot de protocolo, que les dedica una leve inclinación de cabeza.
—Bienvenidos a la Tierra.
Tras ellos, un eficiente ser humano acarrea cómicamente las maletas.

El homínido primero se puso a dos patas para sentenciar:
E, igual a eme, ce, dos.
El homínido nº2 asintió con la cabeza.
—Pero de aquí a que sirva de algo… —murmuró.
El homínido primero volvió a ponerse a cuatro patas.
—Eso sí —dijo.
Y continuaron masturbándose como monos.

Lo primero que hizo el mono cuando se hirgió sobre dos patas fue echar a correr. No paró hasta alejarse lo suficiente como para ser capaz de hacer horribles experimentos científicos con los que se quedaron colgando del árbol.

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sobre los ancestros

Publicado: agosto 19, 2007 en General, la evolución, microcuentos

El homínido que inventó el palo para hundirle el cráneo al homínido que había inventado la palabra (la envidia ya estaba inventada) gruñó una maldición. La Maldición. La Palabra. El homínido que inventó el palo para hundirle el cráneo al homínido que había inventado la palabra se marchó arrastrando el palo ensangrentado. <<Tuputamadre, tuputamadre, tuputamadre…>>, murmuraba. Dolorosamente consciente de haber perdido la batalla.