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lápida XCII (rebajas)

Publicado: febrero 21, 2014 en a dos velas, currele, lápida, malafolla

lapida1514

Bienaventurados los pobres, porque nos comerán la polla.
Goldman Sachs 5,3
Hija de de la gran p pese a su florido vocabulario, Santa Claus no pierde un gramo de su aspecto afable y bonachón; de refresco para toda la familia. Cada año hacen las chimeneas más estrechas, c con las manos en las rodillas recupera el resuello y la dignidad, observando con cierta aprensión el árbol de navidad que le acecha el flanco izquierdo. Un esqueleto de ramas peladas lleno de hipocampos blanqueados por el sol y caracolas pulidas por la marea, salpimentado  por anillas de latas de refresco que titilan a la luz de las velas que iluminan el pesebre a su derecha; nunca se acostumbrará al belén oh oh no. Pese a la falta de vida y espumillón el árbol no da escalofríos, los adornos están colocados  con un gusto hipnótico, casi relajante. No es bonito pero no mojas la cama. Santa Claus deja el regalo a los pies de esa cosa y, sin necesidad de palpar demasiado —son ya muchos años—, coge de la repisa de la chimenea un bastoncillo de zanahoria cruda y el vaso de leche de soja. Mordisquea la zanahoria y sorbe la leche porque es un profesional, pero ni el doble papel de regalo negro ni el enorme lazo plata perfumado de Barón Dandy disimulan el olor a panceta polvorones frutos secos ron añejo salchichón que le hace temblar las orejas. Un maridaje tentador oh oh sí. Pero ese viejo perchero fúnebre que es la muerte parece que no puede con su alma, la guadaña y la parca. Está en los huesos, tiene que comer, j jamón.
sobre esta noche y las noches como ésta que la precedieron (versión parca)
Como escenario una cala desierta, de ensueño, de ésas que piden un polvo a gritos, o un naufragio. Protagonista la muerte, en bermudas de surfero y sombrero de paja de propaganda (pongamos cerveza), que recoge hipocampos blanqueados por el sol y caracolas pulidas por la marea. Las olas vienen y van, lamiéndole los calcañares mientras esquiva camarones suicidas a la orilla del mar. Un mar manso y desamparado, que no engaña a nadie. La muerte lleva tiempo pensando en comprarse un detector de metales, para desenterrar monedas de a centavo, anillas de latas de guaraná, quincalla sin más valor que el rato de no pensar, que no se paga con nada. Le relaja recoger cosas sin alma, en calas de ensueño que piden un polvo a voces, esquivando carídeos ciclotímicos a la orilla de un mar desvalido  y cabrón. Es su pequeño remanso de paz, mientras la orilla se llena de cuerpos. Y de gaviotas.
—Mi vida sexual da  para tres novelas.
—Si las llenas de paja claro.
Un 16 de agosto de hace cinco años (cinco años ya) comenzó todo. Aunque lo parezca no ha terminado. Todavía.
El suicida abre la puerta del horno y pone en jaque su vacío existencial a 190 grados celsius. A medida que ve pasar su vida por delante de los ojos termina por cerrarlos. Si fuera una buena vida no se la estaría quitando. Cuando despierta se topa con la muerte de velatorio y cara de pocos amigos. La baba a punto de nieve en la comisura de los labios del suicida, que se siente obligado a justificarse: no le importaba a nadie… Antes que continúe, mañana será otro día, la muerte cierra la tapa del horno con el pié. A modo de resumen tres palabras: es—eléctrico—gilipollas.