Archivos de la categoría ‘cuentos para enfants terribles’

El microcuentista se propone escribir un microcuento de Pinocho sin referencia sexual. Es hombre de retos, aunque cuerpo de campeón de dardos tiene alma de tri-atleta. Total que Pinocho no se pone palote ni nada y el micro no hay por dónde cogerlo. Pero lo que cuenta es la intención; menuda falacia, y van unas cuantas.

Autor Pedro Porras. Vía flickr.

El cielo está enladrillado. ¿Quién lo desenladrillará? El desenladrillador que lo desenladrille, buen desenladrillador será”.
Ya de pequeños se nos enseña a no fijarnos en quienes lo enladrillan todo.

Las hadas no existen. Existieron, pero ya no. El DDT continúa existiendo.

jurel

De resultas de un polvo sin protección, el coreógrafo de bancos de jureles (trachurus trachurus) contrajo una venérea; el amor.

a MA, que me abrió los ojos

Fotografía de Thomas Czarnecki

Más que pasar a la historia el baile se convirtió en leyenda, en mito. Pero dar pie a la idealización, ese photoshop de la memoria, nos alejó de la verdad cruda. Cuando cenicienta perdió el zapato de cristal, justo antes de dar la medianoche, lo hizo obligada a sortear comas etílicos y vomitonas escaleras arriba. Perdió el zapato como había perdido la noción del tiempo, la honra y las bragas de organdí (por ese orden). Corriendo como corrió por palacio el alcohol y los polvos a través de cualquier oquedad, no se engañen, Cenicienta debió llegar al baile en tranvía, haciendo dedo si me apuran, no hay forma de saberlo ya. Que volviera en una carroza que a cada bote de adoquines se convertía en calabaza, tirada por unos caballos blancos que se volvían ratones entre las riendas de un cochero que —literalmente— ladraba improperios a la caterva de excesos que entorpecían su camino mientras un lacayo les escupía bolas de pelo, dice mucho de la calidad de la mierda que corrió en aquella fiesta. El resto es historia, leyenda.  El príncipe todavía en globo probando aquel zapato a toda quién tuviera pies, azuzado a punta de puñal por un padre hasta la corona de los desafueros de vivalavirgen de su primogénito. Como si el número de pie de Cenicienta fuera tan raro como aquel dichoso zapato de cristal, cuyo tamaño inverosímil cerraba las puertas a toda doncella del reino y alrededores que hubiera alcanzado la mayoría de edad, aún a riesgo de abrir la ventana a las que ni la rozaban; extremo al que incluso un microcuentista descreído como el que suscribe ni se plantearía insinuar, aún insinuándolo descaradamente. Puede que en ocasiones sea preferible un poco de Bibidi babidi bu.
Mamá osa y papá oso miran a ricitos de oro dormir en la cama —ni muy dura ni muy blanda— del nene oso, que llora todavía porque ya se quedó sin sopa —ni muy caliente ni muy fría— y sin silla por barata. Papá oso y el osito parecen poco a poco enternecidos por los rizos dorados de la chiquilla, pero mamá osa no permitirá que la dejen marchar de rositas, oh no… El cuento acabará como acababan los cuentos antes: eviscerada es poco; si la moraleja no sangra no enseña.  Porque mamá osa sabe algo que su esposo e hijo, conmovidos por la nube dorada que envuelve como un hechizo el rostro angelical de la muchacha y cuyo reflejo ilumina la estancia, ignoran. Algo que les hará recordar la recién violada intimidad de su propia casa. Durante el inventario de los daños mamá osa encontró un pelo en su —ni muy grande ni muy pequeño ni muy duro ni muy blando— consolador (qué esperaban de una pareja que duerme en camas separadas). Un pelo recio como el alambre y negro como el revés de un corazón. Ricitos de oro era una hippie teñida farsa.
Un 16 de agosto de hace cinco años (cinco años ya) comenzó todo. Aunque lo parezca no ha terminado. Todavía.

Debido a la evidente escasez de princesas guisante, que algunos puristas de la heráldica creían extintas, en el país de siempre jamás la monarquía se había visto obligada adaptarse al devenir de nuevos tiempos, denominados modernos, relajando sus tradiciones ancestrales con afán de acercarse al populacho, en un desesperado intento por sobrevivir y, por lo tanto, perpetuarse. No era extraño pues oír de reinos cada vez menos pintorescos, en voz de cronistas del folclore popular por quienes damas de sangre vagamente celeste perdían derechos de sucesión y enaguas, acompañados con edulcorados riffs de laúd de juglares errantes que acaparaban mayor admiración y devoción entre la plebe que la mismísima realeza, por magnánima y campechana que fu-pareciera, oír decíamos, cuentos de princesas calabaza y princesas sandía. O res muerta.

Son los príncipes los que salen rana, no al revés.
Primero la siente en los huesos, el perfume llega luego. Calles mojadas por la lluvia, madera, flores marchitas. Frutos secos.
La rubia platino se acoda a la barra de espaldas, para mirarle con esos ojos absenta que lo apuñalan. Rubia platino, lunar dibujado. Cereza los labios.
—Fea herida —aquella voz de muchacho.
El tipo mira su cara partida en el espejo del mostrador, empequeñecida y multiplicada por un pantone de olvidos que gradan del gin a la melaza. Trata de reconocerse en el reflejo de unas pupilas apagadas por el cansancio y los recuerdos. Cree que un siete en el cuero no le va nada al personaje, pero la ficción tiene sus propias reglas. Da un trago de oro viejo. Los hielos le queman el labio, entumecido por los nudillos de un pobre diablo. Los pobres diablos muertos tampoco le van nada al personaje.
—Las colecciono. —Viudas y cicatrices.
Encaramada a dos puñales burdeos, la rubia platino esboza una sonrisa triste. Perturbadora como las historias junto a la hoguera. Tan atractivas las llamas.
—Todos coleccionamos algo —dice.
Un negro toca el piano. Le quebraron los dedos por deudas de juego. Bueno como nada que hayas escuchado, pero ya nunca el mejor. El vaso del tipo vuelve a estar lleno. Oro viejo para los recuerdos nuevos. Los huesos vuelven a ser los suyos, el perfume y la sonrisa persiste un tiempo. El tipo se cala el sombrero. Ladeado sobre la primera cicatriz. Saca un par de billetes del bolsillo. Deja uno en la barra, el otro es para el negro.
—¿Qué tienen de malo los sellos? —murmura. Quizá le oigan.

"ghost fart" photo by banjo d

El Doctor Jeckyll se tiró un pedete. Le echó la culpa a Hyde.
…y la Bella Durmiente murió, de aburrimiento e inanición, esperando al
Príncipe Azul…. que se había ido a cenar a un restaurante de moda,
con la sexi madrastra de Blancanieves.
(Estupidez 9: Un Cuento)
MA
Aunque —y es una opinión—, la sexi madrastra de Blancanieves no era más que una tapadera, pues resulta evidente, a tenor de su indumentaria, que el Príncipe Azul sólo tenía ojos (permítanme omitir cuántos) para el cazador de Caperucita Roja y bebía por él los vientos (con perdón).
Es de justicia reconocer a MA todo el mérito. En cuanto a posibles querellas, vamos a medias.

 

Disney Heroes. Prince Phillip by David Kawena.