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sobre hoy

Publicado: septiembre 11, 2014 en a dos velas, blanco y negro, microcuentos, winter is coming
mano_monedasCéntimo a centimico a la anciana no le llega para la barra de cuarto. El joven que lleva un paquete de arroz y fiambre de pavo de oferta le tiende a la cajera unas monedas, cobra todo, dice. A la anciana no le da el ánimo para darle las gracias, agarrada a la barra de pan como un náufrago a un madero. No se deje la bolsa, dice el chico, un paquete de arroz y fiambre de pavo de oferta. Siente no haber podido permitirse unas galletas.

guárdame el secreto

Anoche soñé contigo. Era de los textiles, tranquila. Sólo te veía los zapatos, taconazo burdeos, pero por el contexto ibas impecablemente vestida. La ley antitabaco no ha pasado de la vida real —todavía— así que me apuntabas con un pitillo en plena barra de bar y me pedías fuego lumbre candela. Me palpaba las hechuras como si me ardiera el alma gitana, aún sabiendo que yo nunca tuve un mechero de oro viejo con mis iniciales grabadas. Deberías dejarlo, te decía. Contestabas lo he dejado, pero los cigarrillos todavía le sientan bien a mi aspecto. No podía replicarte a eso, nadie puede. Por el bien del sueño daba con una cerilla entre la pelusa y los peniques de una noche que acaba. La encendía con la uña del pulgar (siempre he querido saber hacer eso, magia) y te prendía el pitillo. Aún así deberías dejarlo, reiteraba, mientras tu humo se me untaba al cuero y la resaca. Y si esto fuera un sueño de puta madre, tú me hubieras prometido: cuando dejes de soñar conmigo. Pero no recuerdo que decías; puede que despierta, es mi marido. O puede que nada.
 
En el filo de la luz de una farola un tipo fuma, despacio, como si intuyera que iba a ser su último pitillo; tiempo de descuento, una prórroga. Lo es, pero el tipo no tiene forma de saberlo todavía. Tras la última calada como una caricia, un beso de Judas, el tipo se vence hacia la luz y precipita al suelo; nueve coma ocho metros por segundo para aterrizar a la vez que la colilla. El humo del cigarrillo araña el aire al escapar, junto a su vida, por la brecha carmesí que le abre en la garganta una sonrisa. A la altura de los ojos, abiertos sin comprender, la suela de un zapato de tacón rojo aplasta la colilla contra la acera. Sin regodearse. Hay quienes creen que todo el mundo tiene derecho a un momento de paz consigo mismo y con el mundo antes de morir, incluso aquellos que no se lo merecen. Hay gente capaz de creerse cualquier cosa. Como que más tarde un pie descalzo hasta lo metafísico, veintiséis huesos unidos por la voluntad de existir al filo de la luz de una farola, ahogarán los últimos rescoldos de aquella colilla que, consumiéndose, agonizará sobre la acera todavía. Todavía.
Un 16 de agosto de hace cinco años (cinco años ya) comenzó todo. Aunque lo parezca no ha terminado. Todavía.

La inspiración se sienta a mi lado. Trae una botella, dos vasos. Sirve un par de dobles. Me señala una muchacha al fondo del bar ¿ves a esa chica?, juega con la aceituna del Martini que no ha tocado. Bonita y sola, no miro otra cosa desde que ha entrado. Doy un trago. La inspiración me llena el vaso, escucho sus palabras antes que se decida a pronunciarlas: te diré como vas a matarla.
La nena coixa és coixa de naixement. El peu esquerra de la nena coixa és una mica tort. De vegades el peu dret de la nena coixa li diu al peu esquerra que faci el favor d’anar recte, però el peu esquerra no pot. No puc, diu de vegades el peu esquerra. De vegades la nena coixa els diu que callin tots dos, mentre camina cap a casa, o cap a l’escola, depèn. La nena coixa no sap què és no ser coixa, però sap moltes altres coses.
sobre la niña coja
La niña coja es coja de nacimiento. El pie izquierdo de la niña coja está un poco torcido. A veces el pie derecho de la niña coja le dice al pie izquierdo que haga el favor de ir derecho, pero el pie izquierdo no puede. No puedo, dice a veces el pie izquierdo. A veces la niña coja les dice que se callen los dos, mientras camina hacia su casa, a hacia la escuela, depende. La niña coja no sabe qué es no ser coja, pero sabe muchas otras cosas.
Primero la siente en los huesos, el perfume llega luego. Calles mojadas por la lluvia, madera, flores marchitas. Frutos secos.
La rubia platino se acoda a la barra de espaldas, para mirarle con esos ojos absenta que lo apuñalan. Rubia platino, lunar dibujado. Cereza los labios.
—Fea herida —aquella voz de muchacho.
El tipo mira su cara partida en el espejo del mostrador, empequeñecida y multiplicada por un pantone de olvidos que gradan del gin a la melaza. Trata de reconocerse en el reflejo de unas pupilas apagadas por el cansancio y los recuerdos. Cree que un siete en el cuero no le va nada al personaje, pero la ficción tiene sus propias reglas. Da un trago de oro viejo. Los hielos le queman el labio, entumecido por los nudillos de un pobre diablo. Los pobres diablos muertos tampoco le van nada al personaje.
—Las colecciono. —Viudas y cicatrices.
Encaramada a dos puñales burdeos, la rubia platino esboza una sonrisa triste. Perturbadora como las historias junto a la hoguera. Tan atractivas las llamas.
—Todos coleccionamos algo —dice.
Un negro toca el piano. Le quebraron los dedos por deudas de juego. Bueno como nada que hayas escuchado, pero ya nunca el mejor. El vaso del tipo vuelve a estar lleno. Oro viejo para los recuerdos nuevos. Los huesos vuelven a ser los suyos, el perfume y la sonrisa persiste un tiempo. El tipo se cala el sombrero. Ladeado sobre la primera cicatriz. Saca un par de billetes del bolsillo. Deja uno en la barra, el otro es para el negro.
—¿Qué tienen de malo los sellos? —murmura. Quizá le oigan.
Dos tipos en blanco y negro, sombrero, gabardina, cigarrillo, blablablablá. El del mentón cuadrado da pié a la contraseña.
—La piel es el órgano más grande del cuerpo humano.
Al otro tipo le puede el carácter al replicar.
—¡Hable por usted!
Cruce de plomo, noche cerrada, algo de jazz, blablablablá.
versión hetero aquí
Esta es una historia de cuando el mundo era en blanco y negro. Sus protagonistas son un tipo al que no mirarías dos veces, alguien normal y corriente, rasgos indispensables para un espía, ella es bonita, todas lo eran cuando el mundo era en blanco y negro, un puñado de pecas salpimientan sus mejillas. El escenario: un parque a pleno día. El tipo se ha acercado a la mujer, que espera junto al monumento a los caídos de una guerra -no la última- fumando un cigarrillo, deja el maletín junto al de ella, negros, idénticos, se toca el ala del sombrero.
—No recuerdo qué iba a decirle —dice—. Algo bonito.
La mujer parece reparar en él por primera vez, pero las apariencias engañan. Una racha de viento le agita los cabellos. Ha cogido frío.
—Es su palabra contra la mía —replica.
Las contraseñas son correctas, pero ninguno deja de empuñar el arma dentro de los bolsillos del abrigo y la gabardina, de fingir mirarse a los ojos mientras se estudian mutuamente. Ella piensa que aunque él lleve una pistola en el bolsillo no significaba que no se alegre de verla, él cavila: que no sea un pene, que no sea un pene, que no sea un pene…

—¿Dónde quiere el agujero, detective? —masca las palabras (amén del mondadientes) el tipo del revólver. Un 45, así cualquiera.
Dicen que antes de morir uno ve pasar su vida ante los ojos, pero yo sólo veo un anuncio de lavadoras. Entonces no voy a morir. No hoy. Se lo hago saber al tipo.
—Qué te jodan —le escupo un par de dientes a la cara.
Parece tan sorprendido como yo. Que se joda. Tres años parecen garantía suficiente para una lavadora.

Caspar David Friedrich "Cementerio del claustro en la nieve" (detalle)

Untada al suelo, la niebla se posa  en el cementerio como un ave de mal agüero que empollara sus polluelos. Un anciano ronda ciego entre las tumbas y los mausoleos. <<Vaya un día de perros>> murmura descompuesto, porque —de vivo— estos días le daban miedo.

A veces los cuentos lo escriben a uno, y no al revés.

En el rincón azul, con un peso de 77 doscientos, el martillo de Astilleros muerde el protector bucal; en el rincón rojo, con un peso de 77 ciento cincuenta, el puma de Juárez hace crujir el cuello. Suena la campana, estallan flashes, comienza el espectáculo. Es un combate de los de antes, sin concesiones, a largo plazo. No hay medalla de plata en este deporte. Los asaltos se suceden, sangre y sudor a partes iguales. El agotamiento lleva a los púgiles a abrazarse a menudo, bailan al son de los latidos de sus sienes hinchadas a golpes. El público ruge pero ellos ya no oyen. Martillo acaba de ser padre, 3 cuatrocientos, de una niña preciosa, Elena; por suerte sacó la nariz de su madre. Puma y su esposa esperan un niño para mediados de mes, Raúl. Todavía tiene restos de pintura azul bajo las uñas, bajo el dolor, bajo los guantes. Al final del décimo cuarto asalto uno de los boxeadores cae de camino al rincón. Silencio. Hacen lo posible por reanimarle, pero antes de besar la lona estaba muerto. No tengo estómago para continuar jugando a ser Dios. Lo siento. No hoy.
sobre la omnipotencia.
Agosto. 37 grados.
La niña del polo de hielo se lo mete en la boca, entero. El tipo de la gabardina se quita el sombrero.
—Lo has hecho —dice.
Ella, inocente, rubia, sonríe.
—Le dije que podía.
El tipo de la gabardina siente un escalofrío.
—Sí.
Agosto. Grados: 39.