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Un 16 de agosto de hace cinco años (cinco años ya) comenzó todo. Aunque lo parezca no ha terminado. Todavía.
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Al microcuentista de metro noventa sólo se le ocurren microcuentos de niebla baja y niños muertos. Necesita poder templar las tripas con algo de luz; una pizca de humor, aunque sea negro. Aunque al final la risa se adivine breve y amarga. Quizá por eso imagine a dos niños bajo tierra, en un cementerio lamido por un sol sin contemplaciones. El niño muerto de la camiseta a rayas acaba de tirarse un pedo que por poco parte la caja. Cuatro tumbas más allá, el niño muerto de las zapatillas de marca ríe como un bendito.
—Tío, estás podrido —dice. El cementerio aulla de risa.

3:33 a.m. Norte de Pensilvania.
El niño zombi y Taburete —su perro zombi de tres patas— entran en el centro comercial, dónde un puñado de gente viva pretende hacerse fuerte. Antes de que el mundo se volviera loco, el niño zombi fantaseaba con la idea de entrar de noche en un centro comercial, para jugar con los juguetes que sus padres no podían comprarle. Y comer chucherías gratis. Ahora ni siquiera repara en la réplica a escala de un 4×4 biplaza con motor de batería a 12 voltios junto al que acaba de arrastrar los pies, esquivando balas y maldiciones. Las chuches ya no le dicen nada, al niño zombi, sólo puede pensar en la carne humana. Y en cuando soñaba que del grifo salía coca-cola un poquito.

El niño zombi no está solo en este mundo, porque tiene un amigo. Un perrito atropellado. Un perrito zombi. Los perros zombi son mejores que los perros normales, porque los perros normales persiguen a los niños zombis para comérselos. El perrito zombi no puede correr deprisa porque esta muerto y porque sólo tiene tres patas, así que aunque el hambre trae prisa caminan despacito hacia los disparos. El niño zombi le ha puesto de nombre Taburete, que es un nombre cojonudo para un perro de tres patas, zombi o no. Porque si algo tarda en perder un niño zombi es el hambre y el sentido el humor. Por ese orden.

Me estoy midiendo la polla y en esas entra la muerte.
El niño zombie —no se anda con chiquitas—. ¿Qué sabes de él?
Mi corazón no está para estos trotes, pero de todo hace uno callo. Sólo espero que mi hora llegue con los calzoncillos limpios, que no puestos.
—Sé lo mismo que tú —si la estiro de la punta y redondeo hacia arriba tengo una buena polla.
La muerte me curiosea las ideas garabateadas en cuartillas, servilletas de bar, albaranes del curro, facturas telefónicas, postits, papel de retrete, puntos de libro, dietarios, blocks. Ninguna logra picarle la curiosidad. Ni aquella en que me estoy midiendo la polla y esas entra la muerte; con la frase pedazo principio entre signos de exclamación como para dos novelas.
—La inspiración no se casa con nadie —comprende—. Como la expiración.
Tomo nota mental de robarle esa frase. Hasta que alguien le pone su nombre debajo las frases no son de nadie.
—Te mosquea que levante a los muertos, ¿a que sí? —por más que la estiro la polla mide lo que mide y punto. (valga la redundancia)
La muerte se encoge de hombros, como si se la sudara enormemente que los muertos se me levanten y se nos suban a las barbas.
—Esas cosas no pasan en la vida real —dice, ergo aunque laica me absuelve.
Tal y como vino la muerte se va, como las erecciones (cuidao, esta es mía). Le encantan los testarudos, no puede evitarlo. La muerte es una vieja sentimental.
Sentimental mis cojones —me suelta al oído, mientras remato el microcuento al abrigo de la madrugada. Un día me va a matar.

El niño zombi sale de la tumba con un hambre atroz. Un hambre que no entiende de chuches. Los niños vivos son tan rápidos, tan certeros sus disparos siempre de tan lejos. Qué bien les enseñaron a disparar sus padres, por si algún día tenían que pegarles un tiro y salir corriendo. El niño zombi nunca fue veloz, pero arrastrar consigo la muerte hace que camine tan despacio… Como despacio deja un rastro de migas de pan con pedacitos de su cuerpo, para festín de un voraz séquito de palomas. Lo primero que olvidan los niños zombis es el camino a casa. Luego, las demás cosas.