Archivos de la categoría ‘a dos velas’

sobre hoy

Publicado: septiembre 11, 2014 en a dos velas, blanco y negro, microcuentos, winter is coming
mano_monedasCéntimo a centimico a la anciana no le llega para la barra de cuarto. El joven que lleva un paquete de arroz y fiambre de pavo de oferta le tiende a la cajera unas monedas, cobra todo, dice. A la anciana no le da el ánimo para darle las gracias, agarrada a la barra de pan como un náufrago a un madero. No se deje la bolsa, dice el chico, un paquete de arroz y fiambre de pavo de oferta. Siente no haber podido permitirse unas galletas.

lápida XCII (rebajas)

Publicado: febrero 21, 2014 en a dos velas, currele, lápida, malafolla

lapida1514

Cómo será de microcuentista el microcuentista de metro noventa y seis, que dice que mide metro noventa para abreviar y todavía se queda corto.

Sobre los apuntes de un día de mierda (y subiendo)

Bienaventurados los pobres, porque nos comerán la polla.
Goldman Sachs 5,3
Hija de de la gran p pese a su florido vocabulario, Santa Claus no pierde un gramo de su aspecto afable y bonachón; de refresco para toda la familia. Cada año hacen las chimeneas más estrechas, c con las manos en las rodillas recupera el resuello y la dignidad, observando con cierta aprensión el árbol de navidad que le acecha el flanco izquierdo. Un esqueleto de ramas peladas lleno de hipocampos blanqueados por el sol y caracolas pulidas por la marea, salpimentado  por anillas de latas de refresco que titilan a la luz de las velas que iluminan el pesebre a su derecha; nunca se acostumbrará al belén oh oh no. Pese a la falta de vida y espumillón el árbol no da escalofríos, los adornos están colocados  con un gusto hipnótico, casi relajante. No es bonito pero no mojas la cama. Santa Claus deja el regalo a los pies de esa cosa y, sin necesidad de palpar demasiado —son ya muchos años—, coge de la repisa de la chimenea un bastoncillo de zanahoria cruda y el vaso de leche de soja. Mordisquea la zanahoria y sorbe la leche porque es un profesional, pero ni el doble papel de regalo negro ni el enorme lazo plata perfumado de Barón Dandy disimulan el olor a panceta polvorones frutos secos ron añejo salchichón que le hace temblar las orejas. Un maridaje tentador oh oh sí. Pero ese viejo perchero fúnebre que es la muerte parece que no puede con su alma, la guadaña y la parca. Está en los huesos, tiene que comer, j jamón.
sobre esta noche y las noches como ésta que la precedieron (versión parca)
—Mi vida sexual da  para tres novelas.
—Si las llenas de paja claro.
Un 16 de agosto de hace cinco años (cinco años ya) comenzó todo. Aunque lo parezca no ha terminado. Todavía.
El microcuentista traductor de lenguas muertas tiene una cazuela. Una sartén una olla un cueceleches. También tiene dos vasos. Dos platos hondos y dos llanos dos tenedores dos cucharas de sopa y dos de postre dos cuchillos dos servilletas dos juegos de desayuno dos copas buenas. La soledad del microcuentista traductor de lenguas muertas es para echarla de comer aparte.
Debido a la evidente escasez de princesas guisante, que algunos puristas de la heráldica creían extintas, en el país de siempre jamás la monarquía se había visto obligada adaptarse al devenir de nuevos tiempos, denominados modernos, relajando sus tradiciones ancestrales con afán de acercarse al populacho, en un desesperado intento por sobrevivir y, por lo tanto, perpetuarse. No era extraño pues oír de reinos cada vez menos pintorescos, en voz de cronistas del folclore popular por quienes damas de sangre vagamente celeste perdían derechos de sucesión y enaguas, acompañados con edulcorados riffs de laúd de juglares errantes que acaparaban mayor admiración y devoción entre la plebe que la mismísima realeza, por magnánima y campechana que fu-pareciera, oír decíamos, cuentos de princesas calabaza y princesas sandía. O res muerta.
El último hombre vivo ha logrado destilar porexpán. El resultado es algo parecido a dispararse en la boca con un rifle. Un par de gotas bastan para saltarle la pintura al microondas, con un trago alcanza para ablandar el corazón. Desempolvar el alma. El último hombre vivo no está borracho, porque uno no se emborracha con porexpán destilado, trasciende. Es en plan trascendental como la unidad robótica de mantenimiento se lo encuentra acurrucado en el cuarto de las escobas, apuntando con una botella de esa mierda hacia la oscura inmensidad del universo que engulle a la nave espacial Megápolis, tanto allá fuera como dentro.
—No recuerdo su cara —se reprocha. Pronto no recordará su nombre. Anna. Ann. A. El último ser humano bebe despacio para castigarse y porque no puede hacerlo más deprisa sin que salte la alarma anti-incendios. Su nivel de porexpán en sangre ha entrado conflicto con la vida, falta poquísimo para que sean esas sus últimas palabras; que no está mal como epitafio pero -contra todo pronóstico- logra mejorarlas—: Era bonita, eso no se olvida—. El robot de mantenimiento lleva rato en bucle, repitiendo  que lo deje ahí…  para sus adentros, como un mantra a velocidad positrónica. Las lágrimas del último ser humano presagian que no se va a callar mientras le alcance la consciencia y la rabia, que le alcanzan lo justo para en un vano intento por abarcar todo su mundo perdido sentenciar—: Tenía un culo como dos sandías.
Con la de trenes que he dejado escapar, mejor me compro una moto.

Follecer v. intr. Morir una persona practicando sexo. Se conjuga como agradecer.

—Pero yo le quiero…
—No confundas el amor con el síndrome de Diógenes, cariño.
 
Se conocen en un barTotal, que follan. No piensan el uno en el otro ni por casualidad, apenas se gustan. Si la vida te da limones haces limonada. Qué te apetece una sopita,  pues te jodes.