Archivos para agosto, 2012

Mamá osa y papá oso miran a ricitos de oro dormir en la cama —ni muy dura ni muy blanda— del nene oso, que llora todavía porque ya se quedó sin sopa —ni muy caliente ni muy fría— y sin silla por barata. Papá oso y el osito parecen poco a poco enternecidos por los rizos dorados de la chiquilla, pero mamá osa no permitirá que la dejen marchar de rositas, oh no… El cuento acabará como acababan los cuentos antes: eviscerada es poco; si la moraleja no sangra no enseña.  Porque mamá osa sabe algo que su esposo e hijo, conmovidos por la nube dorada que envuelve como un hechizo el rostro angelical de la muchacha y cuyo reflejo ilumina la estancia, ignoran. Algo que les hará recordar la recién violada intimidad de su propia casa. Durante el inventario de los daños mamá osa encontró un pelo en su —ni muy grande ni muy pequeño ni muy duro ni muy blando— consolador (qué esperaban de una pareja que duerme en camas separadas). Un pelo recio como el alambre y negro como el revés de un corazón. Ricitos de oro era una hippie teñida farsa.
Un 16 de agosto de hace cinco años (cinco años ya) comenzó todo. Aunque lo parezca no ha terminado. Todavía.