Archivos para julio, 2012

Los viernes -en la nave espacial megapolis, que vaga al albur de corrientes siderales y caprichos gravitatorios de un narrador omniscente en la permanente noche del universo- toca karaoke. Aunque lo pudiera parecer -el último hombre vivo acomete con la torpeza entrañable de no acertar ni una nota la canción Space Oddity de David Bowie– el de hoy no es un viernes cualquiera; nunca antes el último de su especie había logrado destilar porexpán. El resultado es algo parecido a dispararse con una pistola de señales en la boca. Si un par de gotas bastan para hacer saltar las tuercas una cámara estanca, qué no harán para ablandar un corazón. Para acorralar un alma. La tasa de alcohol en sangre incompatible con la vida del último ser humano le hace gustarse, seguir a cappella cuando la canción termina. La ha cantado tantas veces, tantos viernes que ni fu ni fa, que no necesita seguir la pelotita que bota sobre la letra. Tantas veces pero ninguna como ésa le había llegado Bowie tan adentro. Las poco discretas connotaciones homoeróticas le hacen sonreír un poco, después de todo aún se acuerda, ojalá no olvide eso.
El último hombre vivo no está borracho, porque uno no se emborracha con porexpán destilado, trasciende. Si no explota. Es en plan trascendental como la unidad robótica de mantenimiento -que acaba de interpretar  Sad Robot de Pornophonique con una precisión quirúrgica, matemática, no exenta de sentimiento, de duende- observa cómo lo apunta con una botella de esa mierda que le impide aplaudir sin darse de bofetadas.
—Tío —balbucea el último hombre, mientras su organismo trata de sobreponerse al porexpán y al nudo en la garganta que le oprime el pecho—. Si me quedaran lágrimas lloraría.
Podrían ser sus últimas palabras. Digno epitafio para el final de una estirpe, con sus más y con sus menos, siendo generoso como siempre con los muertos. Unas últimas palabras que no hubieran estado mal, dadas las circunstancias, pero aferrado al micrófono de reproches que es esa botella, al todavía último ser humano le sobran redaños y fuelle para añadir:
—Ahora la Macarena!
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El microcuentista traductor de lenguas muertas tiene una cazuela. Una sartén una olla un cueceleches. También tiene dos vasos. Dos platos hondos y dos llanos dos tenedores dos cucharas de sopa y dos de postre dos cuchillos dos servilletas dos juegos de desayuno dos copas buenas. La soledad del microcuentista traductor de lenguas muertas es para echarla de comer aparte.
El suicida abre la puerta del horno y pone en jaque su vacío existencial a 190 grados celsius. A medida que ve pasar su vida por delante de los ojos termina por cerrarlos. Si fuera una buena vida no se la estaría quitando. Cuando despierta se topa con la muerte de velatorio y cara de pocos amigos. La baba a punto de nieve en la comisura de los labios del suicida, que se siente obligado a justificarse: no le importaba a nadie… Antes que continúe, mañana será otro día, la muerte cierra la tapa del horno con el pié. A modo de resumen tres palabras: es—eléctrico—gilipollas.
La muerte viene a jugar un parchís a veces. No soporta el ajedrez. A Matusalem le encantaba el ajedrez. Me toca. Lanzo el dado con pericia de jugador de Dungeons & Dragons. Su mariposeo sobre el talero suena como si un orco de nivel ocho me hubiera saltado un empaste. Saco un tres. Cojo la ficha que me falta para llegar a meta. Juego con verdes. Cuento unodosytres. Carraspeo sin necesidad. Mando la única ficha de la muerte en juego a su casa, va con rojas. Anuncio que se la como -con perdón-, y cuento veinte. Unodostrescuatrocincoseis. La temperatura del comedor desciende quince grados. El aliento se me hace visible, luego respiro. Todavía. Dieciochodiecinueveveinte. A dos de finiquitar la partida. La muerte está como al principio, cuatro gotas rojas en su diana carmesí. Hasta que saque un cinco jugaré con público. Un cuatro, voy yo. La muerte murmura algo inaudible. Ya para todos los públicos dice: ¿Echamos una Wii?