Archivos para octubre, 2011

treinta y cinco lápidas más allá…

refractario al desaliento

Publicado: octubre 24, 2011 en citas
Cuando leí que las personas optimistas viven más tiempo, me propuse no alegrarme al pensar que, gracias a mi pesimismo de pedernal, mi vida será —al menos— más corta. XD. Es muy duro, no se rían.
Primero la siente en los huesos, el perfume llega luego. Calles mojadas por la lluvia, madera, flores marchitas. Frutos secos.
La rubia platino se acoda a la barra de espaldas, para mirarle con esos ojos absenta que lo apuñalan. Rubia platino, lunar dibujado. Cereza los labios.
—Fea herida —aquella voz de muchacho.
El tipo mira su cara partida en el espejo del mostrador, empequeñecida y multiplicada por un pantone de olvidos que gradan del gin a la melaza. Trata de reconocerse en el reflejo de unas pupilas apagadas por el cansancio y los recuerdos. Cree que un siete en el cuero no le va nada al personaje, pero la ficción tiene sus propias reglas. Da un trago de oro viejo. Los hielos le queman el labio, entumecido por los nudillos de un pobre diablo. Los pobres diablos muertos tampoco le van nada al personaje.
—Las colecciono. —Viudas y cicatrices.
Encaramada a dos puñales burdeos, la rubia platino esboza una sonrisa triste. Perturbadora como las historias junto a la hoguera. Tan atractivas las llamas.
—Todos coleccionamos algo —dice.
Un negro toca el piano. Le quebraron los dedos por deudas de juego. Bueno como nada que hayas escuchado, pero ya nunca el mejor. El vaso del tipo vuelve a estar lleno. Oro viejo para los recuerdos nuevos. Los huesos vuelven a ser los suyos, el perfume y la sonrisa persiste un tiempo. El tipo se cala el sombrero. Ladeado sobre la primera cicatriz. Saca un par de billetes del bolsillo. Deja uno en la barra, el otro es para el negro.
—¿Qué tienen de malo los sellos? —murmura. Quizá le oigan.
La nave espacial Megápolis surca galaxias sin dirección, pero con la tozudez de una mula preñada. En la cubierta AK-47 el último ser humano y el robot de mantenimiento juegan a póquer. Texas hold’em. Cinco cartas comunes, dos de mano. Sin límite en las apuestas. La última carta sobre la mesa: el ocho de picas. El flob no fue para llorar y el turn le daba opciones, pero el river acababa de llevarse el proyecto de escalera del último ser humano a tomar por dónde se rompen los sacos, aunque nada de ello  se refleje en un sólo músculo de su rostro. El último de su especie lleva el póquer en la sangre. Perro viejo arrastra el resto de sus fichas hacia delante. Es hora de marcarse el farol padre.
All in —topadentro.
El robot de mantenimiento calcula tantos por ciento a la velocidad de la luz. Sencillas operaciones matemáticas al alcance de un niño de pecho le llevan a proclamar con un tono de voz que nadie se atrevería a asegurar carente de emoción:
—Voy —pues vale.
El último ser humano se levanta de silla volcándola contra la pared, no necesita verle las cartas a ese montón de chatarra. Lleva viéndoselas reflejadas en el acero cromado de la pantalla de cine que  tiene por frente desde la primera mano, maldita sea. Con media docena de movimientos que se pretenden dignos, el último ser humano se despoja de los calzoncillos y los apila con el resto de su ropa, sobre la mesa.
—Contigo no se puede jugar… —maldice.  Tal y como su madre lo trajo al mundo hace trescientos ochenta y cuatro mil años abandona la cubierta AK-47, fuera de sí—. No tienes ni puta idea.

sobre la inmmmmmmensidad y la mecánica del sistema endocrino
sobre la inmmmmmmensidad y alejandría
sobre la inmmmmmmensidad y las pequeñas cosas
sobre la inmmmmmmensidad y el desaliento
sobre la inmmmmmmensidad y réquiem
sobre la inmmmmmmensidad

Hinchar una muñeca —hinchable— a pulmón puede provocar un ligero mareo, cierto desconsuelo en el estómago y chispitas en los ojos, muy parecidos al enamoramiento. Sobretodo si la muñeca —hinchable— tiene las tetas grandes.

 

Maite, mi magdalena de Proust

La frustración de nuestro protagonista por dormirse antes de que acabara la película, fue pareja a la de despertarse sin saber cómo terminaba el sueño. Koniec.