Archivos para noviembre, 2010

3:33 a.m. Norte de Pensilvania.
El niño zombi y Taburete —su perro zombi de tres patas— entran en el centro comercial, dónde un puñado de gente viva pretende hacerse fuerte. Antes de que el mundo se volviera loco, el niño zombi fantaseaba con la idea de entrar de noche en un centro comercial, para jugar con los juguetes que sus padres no podían comprarle. Y comer chucherías gratis. Ahora ni siquiera repara en la réplica a escala de un 4×4 biplaza con motor de batería a 12 voltios junto al que acaba de arrastrar los pies, esquivando balas y maldiciones. Las chuches ya no le dicen nada, al niño zombi, sólo puede pensar en la carne humana. Y en cuando soñaba que del grifo salía coca-cola un poquito.
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Tiene cuatro años y lleva a la muerte cogida de la mano. De la otra un globo rojo y un helado; de tres bolas.
—¡Genial! —dice la niña. Bien pudiera haber sido un niño de cinco años, o tener siete recién cumplidos, pero cada cual tiene su propia historia, y esta trata de la muerte y de una niña de cuatro años de ojos verdes y pestañas largas como un día sin tele.
—Mola —la muerte es tan vieja como el último suspiro del primero de los seres vivos, pero trata de ser alguien de su tiempo.
—¿Vamos al tren de la bruja? —propone la niña, con su bigote de nata, pistacho y turrón.
A la muerte le deprimen horriblemente las ferias de pueblo y la feria de este pueblo es especialmente deprimente. Ocurre siempre después de un accidente. Aún así la muerte sonríe. No sólo porque la ausencia de labios dé a su semblante una sonrisa permanente, la sonrisa eterna, sino porque está de buen humor. Después de todo nunca antes había montado en un tiovivo. Como lo vintage está de moda dice:
—Guay.
historia de un niño de cinco años
historia de una niña de siete  recién cumplidos

lápida L (genio y figura hasta la sepultura)

Publicado: noviembre 22, 2010 en lápida

hay que decirlo todo

Publicado: noviembre 17, 2010 en amigos, citas, sangre
Lo que no mata te hace más fuerte; hasta que te mata. 

a mi musa japuta (una de ellas)

lápida XLIX

Publicado: noviembre 16, 2010 en El Mundo Se Acaba, Corran, General, lápida, malafolla

El Hombre Del Saco metió en el ídem al Niño Que No Quería Comer Acelgas  y se lo llevó —llorando— a su cubil infecto. Cuando el Hombre Del Saco lo sacó —llorando— del ídem en el cubil infecto, el Niño Que No Quería Comer Acelgas se supo rodeado de chiquillos. Millares de pequeños monstruos armando una escandalera monumental.  De su edad alguno, mayores hasta la senectud el resto, niños  todos sin excepción.
—No tengas miedo  —le dijeron, felices—. Esto es genial…
El Niño Que No Quería Comer Acelgas dejó de llorar cuando le aseguraron que allí nunca comían verdura,  se ponían hasta el culo de chuches , de ganchitos y de ron con coca-cola;  que podían ver la tele hasta las tantas y ensuciarse la ropa  y contestar mal y decir palabrotas  y jugar a médicos y a papás y a mamás y al call of duty dos y a pelota dentro de casa  y con fuego y en la calle lloviendo y eructar y tirarse pedos y cruzar la carretera sin mirar  y chatear con desconocidos y bajarse porno y pelearse por todo por todo por todo…
Mientras los chiquillos enumeraban —en cuerpo o espíritu, que los años no perdonan— las ventajas de vivir en aquel cubil infecto, el Hombre Del Saco arrastraba el ídem por el suelo hasta el teléfono, que no paraba de sonar. Pues no eran pocos los padres que querían darle a sus hijos  —del demonio— un buen escarmiento.
Todos tenemos un muerto en el armario, uno como poco. El mío se llama Federico. Como buen muerto en el armario murió vilmente asesinado. Treinta y siete navajazos, me entretuve a contarlos. Federico es buen tipo, apesta apenas y no me guarda rencor.
—Pronto serás tú el muerto en el armario de alguien —me dice cuando me puede la desesperación—. No te haces idea del favor que me hiciste —me dice cuando a la desesperación la puedo.
>>Estar vivo era un martirio —asegura Federico—. Tenía siempre la casa llena de gente, amigos, familia, el cobrador del gas; y los muertos acumulándose en el jardín. Más y más muertos -amigos, familia, el cobrador del gas-, un montón de muertos desde aquel primero, que tanto me agradeció cada una de las veintinueve puñalás. Las rosas crecían gloria bendita, pero no compensa.
Créanme que comprendo a Federico. Con gusto cambiaba mi situación por la suya. No hay quien viva con el continuo  temor  a que alguien vaya a colgar el abrigo y todo se descubra al fin. No puedo permitirme un armario más grande, no tengo sitio.