Archivos para abril, 2010

Tres y media de la tarde. Treinta y siete grados centígrados. Treinta y ocho. Tres y treinta y tres. Un niño con cara de viejo y un viejo con cara de niño juegan al veo-veo. Empieza por eme.
—La… muerte —dice el niño con cara de viejo.
El viejo con cara de niño asiente, en este juego pierde siempre.
La muerte juega al escondite pero que mu malamente.
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lápida XXXV (de perdidos al río)

Publicado: abril 26, 2010 en General, lápida

El niño zombi no está solo en este mundo, porque tiene un amigo. Un perrito atropellado. Un perrito zombi. Los perros zombi son mejores que los perros normales, porque los perros normales persiguen a los niños zombis para comérselos. El perrito zombi no puede correr deprisa porque esta muerto y porque sólo tiene tres patas, así que aunque el hambre trae prisa caminan despacito hacia los disparos. El niño zombi le ha puesto de nombre Taburete, que es un nombre cojonudo para un perro de tres patas, zombi o no. Porque si algo tarda en perder un niño zombi es el hambre y el sentido el humor. Por ese orden.

Me estoy midiendo la polla y en esas entra la muerte.
El niño zombie —no se anda con chiquitas—. ¿Qué sabes de él?
Mi corazón no está para estos trotes, pero de todo hace uno callo. Sólo espero que mi hora llegue con los calzoncillos limpios, que no puestos.
—Sé lo mismo que tú —si la estiro de la punta y redondeo hacia arriba tengo una buena polla.
La muerte me curiosea las ideas garabateadas en cuartillas, servilletas de bar, albaranes del curro, facturas telefónicas, postits, papel de retrete, puntos de libro, dietarios, blocks. Ninguna logra picarle la curiosidad. Ni aquella en que me estoy midiendo la polla y esas entra la muerte; con la frase pedazo principio entre signos de exclamación como para dos novelas.
—La inspiración no se casa con nadie —comprende—. Como la expiración.
Tomo nota mental de robarle esa frase. Hasta que alguien le pone su nombre debajo las frases no son de nadie.
—Te mosquea que levante a los muertos, ¿a que sí? —por más que la estiro la polla mide lo que mide y punto. (valga la redundancia)
La muerte se encoge de hombros, como si se la sudara enormemente que los muertos se me levanten y se nos suban a las barbas.
—Esas cosas no pasan en la vida real —dice, ergo aunque laica me absuelve.
Tal y como vino la muerte se va, como las erecciones (cuidao, esta es mía). Le encantan los testarudos, no puede evitarlo. La muerte es una vieja sentimental.
Sentimental mis cojones —me suelta al oído, mientras remato el microcuento al abrigo de la madrugada. Un día me va a matar.

love is in the air

Publicado: abril 10, 2010 en citas, ella

Hinchar una muñeca —hinchable— puede provocar un ligero mareo y cierto desconsuelo en el estómago muy parecidos al enamoramiento. Sobretodo si la muñeca —hinchable— tiene las tetas grandes.

Guardo en una caja los besos que no te dí. Anoche metí el último. No considero haber desperdiciado ni uno solo de esos besos, pero hay más peces en el mar. Es hora de soltarse del madero.
Nos vemos.

sobre los naufragios

El arquitecto renqueó hasta su casa con la cabeza bajo el brazo. Con la cabeza apoyada en el regazo se sentó en el sofá a esperar. El llanto le hizo rodar la cabeza por el suelo, del susto. Un  llanto infantil y primigenio, desesperado. En la habitación de invitados encontró la cuna, azul con conejitos blancos. Asomó la cabeza sobre los barrotes y levantó la visera del casco para ver al niño sano y regordete que sonreía desde el interior.
—Adrián —comprendió. A ella le gustaba Álex. Le encantaba Álex. Demasiado para enrocarse—. Hola, Adrián.
El bebé agitó los bracitos y las piernecitas como una ranita. El arquitecto metió la cabeza metida en el casco dentro de la cuna para besarle. Era clavado a ella.
—Cuándo mami se entere que no he vendido la moto me matará —dijo.

Mientras en el lavabo, la mujer del arquitecto comprueba el color afirmativo del test de embarazo. Es el cuarto. Test, no embarazo. Pese al vértigo de las últimas semanas, el miedo a que él no se sienta preparado —hasta el tercer test de embarazo ella tampoco lo estaba— se muere por contárselo.