Archivos para marzo, 2010

lápida XXXIV

Publicado: marzo 30, 2010 en lápida, malafolla

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El niño zombi sale de la tumba con un hambre atroz. Un hambre que no entiende de chuches. Los niños vivos son tan rápidos, tan certeros sus disparos siempre de tan lejos. Qué bien les enseñaron a disparar sus padres, por si algún día tenían que pegarles un tiro y salir corriendo. El niño zombi nunca fue veloz, pero arrastrar consigo la muerte hace que camine tan despacio… Como despacio deja un rastro de migas de pan con pedacitos de su cuerpo, para festín de un voraz séquito de palomas. Lo primero que olvidan los niños zombis es el camino a casa. Luego, las demás cosas.

tempus fugit (me vine)

Publicado: marzo 24, 2010 en ¿plagio?, citas

Fue bonito mientras duró dura.

tempus fugit (ya vuelvo)

Con una mirada se reconocen. Todos en el bar buscan algo que sólo ellos han encontrado. Ella saca un cigarrillo, él cruza el local para darle fuego. Nadie se da cuenta que el mundo ha dejado de girar por un momento.
Ella pregunta:
—¿Por qué sigo teniendo miedo?
Él la toma de la mano. En la calle el frío parte las piedras, la noche afila los cuchillos.
—Se nos pasará —dice, como convenciéndose.
Devorados por el monstruo de los finales felices, al doblar la esquina han dejado de temblar.

Son las tres de la mañana. El tipo camina con las manos en los bolsillos del abrigo, mirándose los zapatos. Sombrero calado. Cigarrillo. El sonido de sus pasos percuten la ciudad dormida, como una pelea a puñetazos. La rubia platino espera calle arriba, bajo el paraguas negro, bajo la lluvia. El tipo pasa a su lado con su andar pesado, cargado de un silencio más allá de la ausencia y el sonido.
Ella sabe qué secreto esconden sus ojos pardos.
—Dejará cicatriz —carmín rojo, lunar dibujado. Voz de muchacho.
Él tipo distingue el puerto calle abajo. Necesita una bala. Un abrazo. Un trago.
—Todo lo hace —dice. Hace falta una vida entera para aprender eso, vivir con ello es sólo la parte fácil.
Ella dice:
—Lo siento. —Huele a madera y flores marchitas. A ron añejo y hierbabuena.
Los pasos del tipo son reflejo de un destino paciente como un bloque de granito, una carga que ha llegado a definirle. Uno es quién debe tarde o temprano.
Él dice:
—Lo sé. —Son las tres de la mañana. Los pescadores salen a la mar, motas de luz columpiándose en la noche. Ha dejado de llover.
El descenso es una agonía, volver a puerto se le hace imposible pero marcharse requiere todavía más agallas.

El último hombre vivo lee un libro de los de antes. Con un par. Uno de los cientos de miles que alberga la biblioteca de la nave espacial Megápolis en su travesía sin destino por el cosmos. Iluminado por los rayos gamma de una nebulosa que agoniza donde el universo da la vuelta, el último hombre vivo piensa que aquellas hojas quebradizas salpimentadas de letra apretada quizá sean la única prueba que los árboles existieron una vez; antes de ser asfalto y ceniza. O libros.
La unidad J.o.b. -el robot de mantenimiento-, observa con paciencia metálica el latido de un corazón escéptico en la sien del último hombre vivo.
—¿Qué lee, señor? —pregunta.
El último ser humano levanta los ojos del pasado, del recuerdo de una raza extinguida hace tanto que marea. Le avergüenza reconocer que en realidad no estaba leyendo. Sólo miraba a través de la tinta y las fibras de celulosa hacia los rescoldos de un sueño de terrible despertar. Resumiendo: que tiene que mirar la tapa.
—Las Obras Completas de Schopenhauer —dice.
El robot de mantenimiento no es consciente todavía de haber desarrollado un fino talento para la ironía, que a ningún diseñador de unidades básicas de trabajo se le hubiera ocurrido incorporarle al software. Como no le incorporó rayos láser en el culo al hardware, por ejemplo.
—¿Me avisará cuando salgan los albañiles, señor? —pregunta, los ojos le brillan de cromo pulido y picardía.
El cosmos se le hace un mundo entonces al último ser humano, siente un desconsuelo insoportable en el estómago al pensar que quizá las páginas sepia de aquellas obras completas sean la última prueba que una vez existieron los andamios, el monocapa, las chapuzas. Los piropos.
Sumergirse de nuevo en la lectura hace que, incomprensiblemente, el último de su especie vuelva a sentirse vivo, como desde aquel último cigarrillo.
—Descuida, chochito —dice.

A Farándula, que me hizo ver la luz

hace dos años

Publicado: marzo 9, 2010 en ¿plagio?, lápida, malafolla, microcuentos, sueños

sobre kafka, de madrugada

Dos cucarachas cuchichean a oscuras.
La Blatta orientalis dice:
—¿Conoces a Kafka?
La Blatella germánica dice:
—De vista, ¿por?
La Blatta orientalis dice:
—Se ha levantado convertido en ser humano.
La Blatella germánica se estremece.
—Qué asco —dice.
En ésas entra Kafka y las aplasta con una alpargata. plaf-plaf.

Qué chispa tenía yo entonces, endevé…