Archivos para diciembre, 2009

El universo se expande, mira tu madre.

Llaman. Una mujer rolliza de temperamento alegre y pirotécnico abre la puerta, su carita de manzana fuji se ilumina al ver a su hijo con dos bolsas del Mercadona con ropa para lavar. Viente minutos de besos en el umbral familiar pasan en un suspiro, la eternidad tiene estas cosas.
−¡Pero qué flaco estás, criatura! −exclama la alegría de vivir echa metro 40, palpándole el chasis a su hijo de 2 ventipico−. Anda pasa, que tienes a todos desesperaicos de hambre.
−No puedo quedarme, mamá −dice la muerte, cabizbaja no solo por el falso techo−. Vengo por la abuela.
−Tampoco se va acabar el mundo porque una noche no trabajes, corazón −la mujer arrastra al niño al salón, dónde toda una rolliza familia, dos periquitos y una vecina sin nadie en este mundo ha conseguido encajonarse, pese a desafiar varios cálculos volumétricos y una ley universal-. ¡Mirad quién ha llegado!
A la muerte le deprimen estos días, hacen que se sienta culpable. Nadie se lo reprocha en casa, ni la vecina, es ley de vida, pero ver crecer el plato de polvorones que su madre deja cada año en la repisa de la chimenea para los que faltan le encoge el esternón. Eso y los críos jugando con la guadaña mientras sus padres repiten de besugo y de cochinillo. Al final no sobra casi nada para el tupper.
Tirándole de los bajos de la parca la mamá de muerte ha guiado a su huesecico hasta una silla vacía, al lado de la abuela, que lleva apagándose despacio desde que enviudó. Una gran mujer, la abuela de la muerte. Sabia como lo son todas las abuelas, aunque unas más que otras; la abuela de la muerte es de las que más.
−Y tú a ver cuándo te echas novia, zagal −le suelta, dándole en la tibia con la alpargata, por debajo de la mesa.
Nadie le mejora a la muerte el humor como su yaya. Si es que es pa matarla.

No fuman, lo dejaron cuando les entregaron a la niña; lo echan de menos después de joder. Amanda está recostada sobre el pecho de Martín, Martín juega con los tirabuzones del pelo de Amanda.
—¿Piensas en ella cuando lo hacemos? —pregunta Amanda.
Martín opta por ser sincero, siempre lo ha sido. La sinceridad es más fácil de recordar.
—Nunca —asegura, el pelo de Amanda huele tan bien—. Pienso en ella cuando subimos en el ascensor, cuando doblamos sábanas, cuando cenamos sobras o cuando discutimos —Amanda siente una punzada de celos, ellos muy raramente discuten—. Cuando lo hacemos —dice Martín— sólo tengo fuerzas para pensar en ti.
Martín no necesita contar ovejas para que lo venza el sueño. Amanda tampoco.
—¿Tú piensas en él? —Martín bosteza.
Amanda es sincera, siempre lo fue consigo misma. La sinceridad cuesta menos trabajo.
—Todo el tiempo… —dice. Acaba de dormirse.
Martín también.

que arda roma cuando muera

Publicado: diciembre 22, 2009 en General, lápida

El autor

Una joven entra temblando en un bar de estudiantes y se sienta en una mesa llena de muchachas del mismo palo.
—Me acaban de chupar el coño, tías…. —dice.
—¡Qué dices, tía! —se emocionan las muchachas.
—En serio, tías —dice la joven, mujer ya—. Un poco más y me corro.

Basado en hechos reales.

yuyu

Publicado: diciembre 14, 2009 en historias de la mera muerte

A la muerte le asustan los perros.

segundo paso: resignación

Publicado: diciembre 10, 2009 en ¿plagio?, citas, ella

Creo que se me ha subido el fracaso a la cabeza.

primer paso: aceptación

Publicado: diciembre 7, 2009 en ella

De ilusión también se vive, pero mal.

Son jóvenes son guapos juegan a matarse. Ella se pinta las uñas de los pies sobre el salpicadero de cuero rojo cereza. Él conduce sonámbulo, ajeno al miedo en los ojos de quienes van a trabajar medio dormidos, asusta pelear a cuchillo con el estómago vacío.
—Te encantará el mar —dice él—. Una vez lo vi en la tele.
Ella perfila sus labios a juego con el cuero del salpicadero, los pies de cenicienta dos barquitos blancos, a proa diez lágrimas negras en un amanecer cereza.
—La tele no te moja los tobillos —dice.
Hace siete curvas se los tragó el abismo. Todos los jóvenes guapos quieren morir tarde o temprano, sólo unos pocos lo consiguen. La muerte sabe muy bien eso.
Otra cosa que no escapa a la muerte es que sus piernas son demasiado largas para la parte de atrás de un deportivo. Encajonadas en el asiento de delante tiene las rótulas a la altura de la eminencia mentoniana nada menos, el cráneo pegado al techo y la guadaña entre las tibias, apenas puede ver la carretera. Pero 450 caballos le zumban en el coxis, huele a sal y se adivinan las gaviotas. A la muerte le encanta el mar en esta época del año; la vida está en las pequeñas cosas.