Archivos para noviembre, 2009

si no es amor… (sí, no es amor)

Publicado: noviembre 27, 2009 en ¿plagio?, citas, ella, malafolla

No quiero verla triste, pero prefiero verla triste que no verla.

ética

Publicado: noviembre 23, 2009 en citas, ella, lápida

Estoy contra la pena de muerte. Y contra la vida de pena, también.


Hace semanas que el tipo sin blanca necesita dejarse llevar por una de sus historias en blanco y negro, pero las musas parecen celosas de aquellas rubias peligrosas que le echan el humo a la cara.
—No importa si es pelirroja —le reprocha a un despacho vacío, emborronado por un cartón de cigarrillos y una bombilla de 40 vatios.
El tipo sin blanca apura la botella en la taza del desayuno. Su última paga, malta, doce años, aunque no aparenta ni la mitad.
De la calle llega ruido de sirenas. La policía disfruta despertando a la gente de bien en sus camas heladas. Tras los listones de la persiana veneciana que lo aísla del neón y los relámpagos, el tipo sin blanca imagina a una rubia jugando a la ruleta rusa de los callejones. Corre descalza sobre los charcos, entre la basura y los gatos acostumbrados a los disparos. Sombra de ojos en las mejillas, un hombro desnudo, piernas largas como esperar sentado. Asustada como solo asustan el momento y el lugar equivocados. Entreabiertas las láminas de la persiana por sus dedos de cirujano, la luz de la calle cebra la cara del tipo sin blanca como una marca de guerra. Corre rubia, corre, susurra. Suerte, pelirroja, murmure tal vez. La ciudad no es lugar para secretos.

lápida XXVIII

Publicado: noviembre 17, 2009 en currele, lápida, malafolla, sangre

El hombre de las cicatrices la vio vagar descalza por el asfalto. La metió en el asiento de atrás, y tapó aquel ovillo enfermo con una manta a rayas. Condujo despacio hasta su casa solitaria, era noche cerrada, noche de fantasmas. La bañó en silencio, como a un niño pequeño, le dio de comer migas de pan y la metió en su cama, sin despertarla.
En el jardín quemó su ropa. Ropa de hombre. Harapos.
Al amanecer, el hombre de las cicatrices despertó en el sofá sabiendo que ella no estaba. Como sabía que en el espejo del lavabo, aquel cruel hijo de puta, el carmín rojo de una caligrafía todavía infantil le pedía que no volviera a hacerlo. Por Favor. No Vuelvas A Ayudarme. El mismo ruego que el hombre de las cicatrices le había susurrado a ella al oído antes de acostarse.

El psicomago llevaba 30 años viviendo en un 4º sin ascensor. 30 años de subir y bajar escaleras. 30 años de contarlas subiendo, 30 años de contarlas bajando. Estaban entre 117 y 120.

El zorro mostraba a la vaca una erección de caballo.
—Mira que burro me ponen tus tetas… —cantaba.
La vaca lo apartó con la cola, como a una mosca.
—Cerdo —mugió.
El cerdo, molesto, se revolvió en la mierda.
Zorra —le dijo.
El zorro aún rondaba a la vaca, zalamero.
—¿Ves como lo nuestro es posible, borrica?