Archivos para septiembre, 2009

quan surt el geni (tard)

Publicado: septiembre 29, 2009 en ella, llengua materna, malafolla

—¡Ves a la merda!
—Com vulguis. Et queden dos desitjos.


cuando sale el genio (tarde)
—!Vete a la mierda!
—Como quieras. Te quedan dos deseos.

—¿Cómo querrá el filete, Señor?
El robot de mantenimiento luce un mandil con la serigrafía de un torso hercúleo, lleno de quemaduras y lamparones. El último de su especie está viendo una película en blanco y negro, en un pantallón para 1000 personas. Sin 5D, ni sensorama, roleplaying ni nada. Con dos cojones.
—Carbonizado —dice, se lleva un puñado de palomitas sintéticas a la boca que no saben a nada—. No hay quién se trague el plástico crudo —murmura.
El robot de mantenimiento agacha la cabeza para no topar con el quicio de la puerta de la cocina. No sonrían, el gorro de cocinero luce una cómica depresión pos-coito que le dificulta la visión. El quicio le queda a kilómetros.
La pareja en blanco y negro se besa apasionadamente en el pantallón. Él pone toda la pasión, ella se deja hacer lánguida y apasionadamente. Cosas así sólo eran posible entonces.
El último de su especie frunce los labios sin darse cuenta. Un beso al aire. Algo de lengua. Lánguida solamente.
Mientras en la cocina, pertrechado tras una tapadera y esgrimiendo la espumadera como si se tratara de Excalivur, el robot de mantenimiento libra desigual batalla con un filete que bien pudiera haberse alimentado de jóvenes doncellas. Aunque no.

lápida XXV

Publicado: septiembre 24, 2009 en ¿plagio?, citas, lápida, sangre

Cuentan que hace tiempo una ardilla podía cruzar la península saltando de edificio en edificio.

En la encrucijada de caminos, el viejo samurai encontró un espectro perdido, sentado en una piedra tan vieja como la propia pena. Sin levantar la mirada de sus pies descalzos, sin despegarse de la piedra a la que parecía unido por una fuerza invisible, el espectro le pidió si podía acompañarles en su viaje. El viejo samurai lo miró como miraba todas las cosas; la respuesta era innecesaria, invariable, mítica: existen reglas imposibles de saltar. La mansedumbre del espectro se hizo más densa, milenaria.
Comparando paciencias con aquella piedra que vio nacer el mundo seguía sentado el espectro perdido, cuando el último espectro del viejo samurai dobló el recodo del sendero, hacia el pasado de aquel hombre solitario que lo privó de amanecer junto a una hembra. El último espectro del viejo samurai aún podía sentir el latir apasionado de su corazón, el pálpito cálido de aquel cuerpo abandonado a merced del olvido y las alimañas; en la noche que a hurtadillas buscaba las montañas. Se sintió reconfortado a su pesar. Protegido entre iguales destinos inciertos. Aunque sin alcanzar el perdón, pues siempre es el perdón quién lo alcanza a uno.


La muerte irrumpe en mi cuarto sin darme tiempo a guardar la polla.
—¿Tú eres el tipo que escribe microcuentos sobre mí? —me suelta a cara de perro.
—N-no, ssí?, no!, joder… —mi elocuencia se resiente cuando ando peleándome con la goma de un pantalón de pijama de marca blanca—. Uno de ellos. No es algo que haya inventado yo. Plagié a alguien supongo, todo el mundo lo hace.
La muerte no me escucha, está mirando la pantalla del ordenador. En ella, una joven morena sodomizada a conciencia por un tipo fondón parece pasarlo demasiado bien para su propio bien. De repente la muerte tiene un aire fúnebre.
—Está muerta, sabes… —me dice.
La poca erección desaparece. No creo que vuelva a ponérseme dura nunca.
Hóstiaputa.
La muerte y yo miramos a la joven morena mientras el tipo fondón le derrama la semilla en los labios, que no logran reprimir del todo el mohín de asco que tuvieron siempre sus ojos claros.
—Deberías escribir sobre eso —dice la muerte. Y no de tonterías, calla.
Pero no la escucho, pienso que alguien debería cargarse a ese tipo fondón. Pienso que sería capaz de hacerlo con mis propias manos.

La muerte se arremanga la parca para meter los pies en el agua. Está helada. El pescador aficionado de cuerpo presente carraspea una maldición fenicia.
—Oiga, ¿tiene para mucho rato? —cree que le espantará la pesca.
La muerte siente los guijarros pulidos por la corriente bajo los tarsos, los metatarsos y las falanges. Es una sensación  agradable. Decenas de peces emergen del fondo para flotar panza arriba a su alrededor. El pescador aficionado de cuerpo presente llevaba tres horas esperando que picara algo antes que el corazón lo arrastrara al infierno de los sargentos de policía hipertensos.
—Hija de puta… —dice.
La muerte coge el pez más grande del centenar que expiran entre sus calcañales nada bronceados. Un bicho enorme. Con la sonrisa plena, no puede ser de otra manera, posa para la posteridad alzando la bestia descomunal. El pescador aficionado de cuerpo presente toma la fotografía de rigor con una cámara de antes que se inventaran los colores.
—Hija de la gran puta… —dice.
El río es un mar de peces, parece uno de esos de papel de aluminio de los belenes.
—Nunca pensé que tendría la paciencia para pescar —dice la muerte. Le arde la escápula, el omóplato y la clavícula; lo que pesa ése condenado animal.
El pescador aficionado no ha gastado el carrete todavía.