Archivos para marzo, 2009

La niña sin ojos saltaba a la comba calle abajo –cincuenta y siete cincuenta y ocho cincuenta y nueve– dos trenzas negrísimas sobre sus clavículas de mazapán. Se cruzó con el carnicero del barrio que caminaba calle arriba, con la sonrisa franca bajo aquel bigote como un brochazo. Hacía tiempo que sabía que estaba muerto, pero la tienda no se abría sola. La niña sin ojos se detuvo antes de cruzar la carretera, el semáforo estaba en rojo. A su lado un hombre con gabardina  dio un paso adelante, con los ojos cerrados. La niña sin ojos lo detuvo con la mano; un furgón de reparto le pasó rozando.
Algo murmuraba el hombre con gabardina justo cuando el piano le cayó encima (potrommmmm; clink, clonk, clink, clank, clonk…), como en los dibujos animados.
-De nada -El semáforo estaba en verde y la niña saltaba a la comba calle abajo –sesenta y cuatro sesenta y cinco sesenta y seis-.
Se cruzó con el chico del kiosko de chuches, que corría calle arriba. Aún no sabía que también estaba muerto.

08:17 a.m.

Publicado: marzo 9, 2009 en citas, ella, General, inocencia, lápida, pasen y vean

Te mostraré el mundo, si me llevas contigo.

Las luciernagas zigzaguean encendidas alrededor de los samurais, que se miran sin verse. Sus movimientos apenas asustan  a aquellas pinceladas de luz en mitad de la nada, como si ignoraran su presencia o la toleraran. Es una lucha rápida. Dos vidas en un instante. Una que sigue y una que acaba. Un cuerpo cae en silencio, en la oscuridad, entre las luciérnagas. Nadie vio nada. Nadie oyó nada. Las luciérnagas siguen prendidas en la noche cuando todo acaba.