Archivos para julio, 2008

Antes de embarcar, el protagonista del microcuento va al museo naval del pueblo para contemplar la lista de los que han muerto en el mar. En ella están su padre y sus abuelos, tres tíos, su hermano mayor y los dos pequeños, varios primos, amigos, vecinos y completos desconocidos en letra menuda hasta dónde alcanza la vista. El mar nunca devuelve los cuerpos, tal es su voracidad.
Junto al barco, el protagonista del microcuento besa a su mujer. Es bonita.
—Volverás —dice ella, como convenciéndose.
El protagonista del microcuento revuelve el pelo de su hijo recién nacido, que duerme
—Tengo que convencerle de que no se eche a la mar —asiente.

¿Qué será de las sillas cuando el último culo se extinga?

sobre el más allá

Publicado: julio 27, 2008 en General, malafolla, microcuentos

El hombre de Fe que lleva quince años muerto, sigue pagando religiosamente su seguro de vida sin saberlo.

Nota al pie:
Y yendo a trabajar y a comer a casa de los suegros…

20:44 p.m.

Publicado: julio 25, 2008 en citas, General, lápida, malafolla

Pero me parece que, a fin de cuentas, es así como yo veo la vida: cada día que transcurre estamos más débiles y más locos.
SAM SAVAGE
(Firmin)

la petite mort

Publicado: julio 24, 2008 en ¿plagio?, citas, ella, General

Cada vez que una mujer llega al orgasmo, un ángel consigue sus alas.

La muerte ha vuelto a olvidar darle la vuelta al reloj de arena, mecagoen… Visiblemente contrariada elige una persona al azar, entre la muchedumbre.
—Perdone, ¿tiene hora?
La persona al azar (guapo fea boxeador oftalmóloga evangelista gay mujer-barbuda colchonero) de detiene para mirar el reloj barato de su muñeca izquierda.
—Las cinco y cuarto.
Es oficial, la muerte llega tarde.
—Gracias.
—De nada.

¿La persona al azar? Oh, acaba de arrollarla una furgoneta de reparto que ha esquivado milagrosamente media docena de ancianos decrépitos. Pero ésa es otra historia.

La muerte ha vuelto a olvidar darle la vuelta al reloj de arena, mecagoen... Visiblemente contrariada elige una persona al azar, entre la muchedumbre.
—Perdone, ¿tiene hora?
La persona al azar (alto baja gordo flaca librepensador abogada hombre-bala mormón), finge una sonrisa sin detenerse.
—Lo siento —sin reducir el paso—, no soy de aquí.
Un puñado de granos de arena después, la muerte observa impertérrita como una furgoneta de reparto arrolla a la persona al azar —esquivando milagrosamente media docena de ancianos decrépitos—, que muere sin enterarse. Sin un ay.